Acá se habla de todo. Sin censura, pero con respeto. Si no te gusta lo que publico anda a volar que seguro en otro lado encontrarás lo que buscas. Pero si te sientes cómodo quédate un rato más y juega conmigo.
jueves, 15 de agosto de 2013
Mujer
Si tienes suerte pasarás la infancia feliz sin ningún tipo de insinuaciones sexuales. De pronto llega la pubertad y comienzan a brotar protuberancias y a delinearse algunas curvas. No tienes idea de por qué o para qué, pero todo el mundo parece darse cuenta y lo comentan abiertamente haciéndote muy consciente de eso.
Tu ropa ya no es apropiada y tus amigas empiezan a usar maquillaje y lápiz labial con sabor a fresa, pero lo peor es que los niños empiezan a verte diferente. Pasan de las clásicas miradas de “niña aléjate de aquí” a miradas de curiosidad que van de tu pecho y a tu trasero. Si tienes las tetas grandes y el culo parado será peor. No faltará el chico que además de mirar intentará tocar. Inexplicablemente te sientes asustada y sucia porque esos atributos atraen las miradas de hombres que piensan en sexo y sólo sexo.
Mientras creces esos niños serán más audaces y atrevidos. Pero no sólo los niños, también los hombres que son mayores que tú por algunos años o incluso décadas. Te mirarán de arriba a abajo, analizando tu cuerpo como si fueras un estante en el supermercado. Intentarán besarte, tocarte, acariciarte o pellizcarte a la primera oportunidad sin preguntarte qué te parece o importarles demasiado lo que pienses sobre eso. Te gritarán piropos agresivos desde sus autos, las obras de construcción, la acera de enfrente o las ventanas de los edificios. Te dirán que en lugar de actuar como víctima deberías sentirte halagada. ¡Cuántas mujeres quisieran tener tu suerte!
Por esa época tendrás tu primer novio. Si es buen chico no te presionará para tener sexo antes de que estés lista. Pero a esa edad no te atraen los chicos buenos. Sólo tienes ojos para los rebeldes. Si decides tener sexo deberás cuidarte de que nadie se entere para que tus amigos no te digan puta o Dios sabe qué más.
Si estás interesada en las chicas tu problema será peor. Además de lesbiana la gente dirá que eres una pervertida. Tus amigas huirán de ti. Los chicos te molestarán y no faltará el que asegure que puede curarte de esa "enfermedad". Así que olvídate de tener una relación abierta. ¡Al clóset!
Sigues creciendo. Aprendes a cuidarte de los hombres y a ignorarlos. Sabes que tus pensamientos no les importan y mucho menos tus sentimientos. Quizá te vuelvas un poco paranoica -¿El papá de Paola sólo quería saludar o estaba coqueteando conmigo? ¿Me está viendo las tetas? Te tratan como a como una niña pero te ven como a una diosa sexual. Odias que la gente se sienta con derecho a mirarte de esa forma y olviden que eres persona que piensa y siente.
Tus inseguridades aumentan. Vives con miedo y construyes un muro invisible para protegerte, porque cada vez que un hombre se te acerca intentará obtener alguna parte de ti, como si le pertenecieras. Para entonces, si no eres tonta, ya sabes que las tetas y el culo son atributos para atraer machos deseosos de aparearse y a cambio están dispuestos a entregar amor, dinero, placer y en casos extremos hasta la vida.
Algunos de ustedes saben de lo que hablo, pero quizá a otros tengo que aclararles que esto es real y que lo viven todos los días sus hermanas, madres o hijas y que, peor aún, ustedes no se dan cuenta que tratan así a las mujeres de su entorno.
El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza: Machista, homofóbico, violento y retrógrado.
Tu ropa ya no es apropiada y tus amigas empiezan a usar maquillaje y lápiz labial con sabor a fresa, pero lo peor es que los niños empiezan a verte diferente. Pasan de las clásicas miradas de “niña aléjate de aquí” a miradas de curiosidad que van de tu pecho y a tu trasero. Si tienes las tetas grandes y el culo parado será peor. No faltará el chico que además de mirar intentará tocar. Inexplicablemente te sientes asustada y sucia porque esos atributos atraen las miradas de hombres que piensan en sexo y sólo sexo.
Mientras creces esos niños serán más audaces y atrevidos. Pero no sólo los niños, también los hombres que son mayores que tú por algunos años o incluso décadas. Te mirarán de arriba a abajo, analizando tu cuerpo como si fueras un estante en el supermercado. Intentarán besarte, tocarte, acariciarte o pellizcarte a la primera oportunidad sin preguntarte qué te parece o importarles demasiado lo que pienses sobre eso. Te gritarán piropos agresivos desde sus autos, las obras de construcción, la acera de enfrente o las ventanas de los edificios. Te dirán que en lugar de actuar como víctima deberías sentirte halagada. ¡Cuántas mujeres quisieran tener tu suerte!
Por esa época tendrás tu primer novio. Si es buen chico no te presionará para tener sexo antes de que estés lista. Pero a esa edad no te atraen los chicos buenos. Sólo tienes ojos para los rebeldes. Si decides tener sexo deberás cuidarte de que nadie se entere para que tus amigos no te digan puta o Dios sabe qué más.
Si estás interesada en las chicas tu problema será peor. Además de lesbiana la gente dirá que eres una pervertida. Tus amigas huirán de ti. Los chicos te molestarán y no faltará el que asegure que puede curarte de esa "enfermedad". Así que olvídate de tener una relación abierta. ¡Al clóset!
Sigues creciendo. Aprendes a cuidarte de los hombres y a ignorarlos. Sabes que tus pensamientos no les importan y mucho menos tus sentimientos. Quizá te vuelvas un poco paranoica -¿El papá de Paola sólo quería saludar o estaba coqueteando conmigo? ¿Me está viendo las tetas? Te tratan como a como una niña pero te ven como a una diosa sexual. Odias que la gente se sienta con derecho a mirarte de esa forma y olviden que eres persona que piensa y siente.
Tus inseguridades aumentan. Vives con miedo y construyes un muro invisible para protegerte, porque cada vez que un hombre se te acerca intentará obtener alguna parte de ti, como si le pertenecieras. Para entonces, si no eres tonta, ya sabes que las tetas y el culo son atributos para atraer machos deseosos de aparearse y a cambio están dispuestos a entregar amor, dinero, placer y en casos extremos hasta la vida.
Algunos de ustedes saben de lo que hablo, pero quizá a otros tengo que aclararles que esto es real y que lo viven todos los días sus hermanas, madres o hijas y que, peor aún, ustedes no se dan cuenta que tratan así a las mujeres de su entorno.
El hombre creó a Dios a su imagen y semejanza: Machista, homofóbico, violento y retrógrado.
miércoles, 14 de agosto de 2013
Hoy es un buen día para el amor
Hoy es un buen día para el amor. Debo estar ovulando o quizá ya me va a bajar, pero la verdad es que me siento muy atractiva y la gente me mira de manera especial. En estos días, cuando ando en la calle, en el metro o en algún café, siento sus miradas devorarme como si fuera un delicioso chocolatito que hay que desenvolver y saborear lentamente.
Yo, por mi parte, me fijo especialmente en los ojos, los labios y las manos de las personas. Si me gusta alguien trato de hacérselo saber con miradas coquetas que no dejan duda de lo que pienso. Es difícil, porque si me corresponden me pongo nerviosa y si no me dan bola sufro por sentirme rechazada, pero es un juego que me gusta jugar y sé que no llegaré más lejos si la otra persona no da el siguiente paso.
Cuando se trata de coquetear no hay trucos, palabras mágicas o perfumes con hormonas que te puedan asegurar que todos caerán rendidos a tus pies. El ritual del coqueteo es un juego de probabilidades donde en realidad no tienes nada que perder. Es como tirar constantemente un balón hacia la portería. Algún tiro resultará gol. Además, entre más lo practicas mejores resultados tendrás.
Si conoces a la persona a la que quieres ligar puedes invitarla a tomar algo. Eso es lo más fácil del mundo. Si te parece demasiado cliché, investiga que cosas le interesan (arte, deportes, cine, etc). Quizá haya una nueva obra de teatro que quiera ver. ¿Es fan de una banda local? Consigue entradas para el próximo concierto.
Si no conoces a la persona que te gusta puedes usar frases graciosas que ayudan a liberar la tensión del primer encuentro. Por ejemplo, cuando trabajaba en la pizzería había un cliente que me gustaba mucho pero que parecía no estar interesado en mí. Siempre iba acompañado con sus amigos y no había muchas oportunidades para iniciar una conversación con él. Una noche fue el primero de su grupo en llegar y cuando me acerqué a su mesa para tomar su orden le dije "¿Tú otra vez? Si sigues viniendo tan seguido voy a pensar que es porque te gusto o algo así." Se río conmigo y contestó que la pizza le gustaba mucho... pero que obviamente yo también. Pum... ¡Gol!
He aprendido que si preguntas “¿Te gustaría ir a cenar este viernes?” le das la oportunidad de negarse, en cambio “Hey, vamos a cenar este viernes.” es una frase afirmativa, donde no hay la oportunidad de contestar no, porque no estás haciendo una pregunta. No es ningún truco mental, es simple semántica. No estoy diciendo que no pueda negarse, sino que le será más difícil. Si la persona está interesada aceptará de inmediato o sugerirá otro día. Si te rechaza no debes tomarlo como algo personal. A ti no te gusta todo el mundo ¿Cierto? Y ellos no andan lloriqueando porque no los quieres. Entonces tú tampoco tienes porque gustarle a todos. Así funciona el mundo.
La mayoría de nosotros conocemos el rechazo. Duele terriblemente, por eso lo evitamos a toda costa. Nos hacemos a un lado y nos conformamos viendo como los demás se divierten. Eso es un error. A nadie le gusta ser rechazado, es cierto, pero tomemos el balón y pateémoslo una y otra vez hasta anotar gol. Piensa que te estás perdiendo todos los ligues que no intentas. Eso sí, tendrás más posibilidades si sonríes legítimamente y hablas siempre con la verdad en lugar de pretender ser alguien que no eres. Y cuando esa persona que te gusta te devuelva una sonrisa coqueta sentirás la adrenalina recorrer todo tu cuerpo, con una sensación de alegría que no se compara con nada y entonces sabrás que es un buen día para el amor.
martes, 13 de agosto de 2013
Pequeña aventura de papel
Estaba en Todo de papel buscando un cuaderno para mis dibujos y noté que había una nueva chica trabajando ahí. Aún tengo grabada en mi mente la sonrisa amable que me regaló cuando pasé junto a ella la primera vez. Durante el tiempo que estuve ahí me acerqué un par de veces a preguntarle algunas cosas y cuando hablaba con ella pude notar que sus gestos me decían que estaba poniendo atención a pesar de que sus ojos miraban fijamente mis labios. Algo pasaba entre nosotras y era mutuo.
Nunca he sido yo la que tome la iniciativa, pero ahora que estaba decidida a hacerlo no encontré la oportunidad porque había mucha gente en el lugar. Pagué en la caja y sólo me atreví a agradecerle con algo de énfasis pero intentando no parecer exagerada. Caminé unas cuatro cuadras pensando qué podía hacer para conocerla un poco más hasta que se me prendió el foco.
Me armé de valor y con el corazón a mil por hora regresé a la tienda. La busqué entre los pasillos hasta que la encontré acomodando algunas cosas en un estante. Pude ver algo de asombro y una pequeña sonrisa en sus labios cuando se dio cuenta que caminaba hacia ella. Cuando la tuve frente a mi le pedí que me prestara el lápiz que tenía en la bolsa de su blusa. Escribí mi número de teléfono en una hoja del cuaderno que acababa de comprar y le dije “Esto puede parecerte un poco extraño, pero este es mi número por si algún día quieres llamarme”. Le entregué la hoja y salí de ahí temblando de nervios.
Cuando llegué al apartamento empezó a martirizarme la idea de que quizá hubiera sido mejor pedirle su nombre y su número. ¡Oh, Dios!
Nunca he sido yo la que tome la iniciativa, pero ahora que estaba decidida a hacerlo no encontré la oportunidad porque había mucha gente en el lugar. Pagué en la caja y sólo me atreví a agradecerle con algo de énfasis pero intentando no parecer exagerada. Caminé unas cuatro cuadras pensando qué podía hacer para conocerla un poco más hasta que se me prendió el foco.
Me armé de valor y con el corazón a mil por hora regresé a la tienda. La busqué entre los pasillos hasta que la encontré acomodando algunas cosas en un estante. Pude ver algo de asombro y una pequeña sonrisa en sus labios cuando se dio cuenta que caminaba hacia ella. Cuando la tuve frente a mi le pedí que me prestara el lápiz que tenía en la bolsa de su blusa. Escribí mi número de teléfono en una hoja del cuaderno que acababa de comprar y le dije “Esto puede parecerte un poco extraño, pero este es mi número por si algún día quieres llamarme”. Le entregué la hoja y salí de ahí temblando de nervios.
Cuando llegué al apartamento empezó a martirizarme la idea de que quizá hubiera sido mejor pedirle su nombre y su número. ¡Oh, Dios!
lunes, 12 de agosto de 2013
Ángeles
Fue la peor época. Habían pasado meses desde la última vez que había puesto un pie en la universidad y me quedaba la mayor parte del tiempo sola en el apartamento. Ya no tenía amigos. A mis 22 años dependía física y emocionalmente de las drogas.
Aquella madrugada de noviembre me llegó la revelación de que moriría pronto. Me levanté, salí del apartamento y empecé a caminar con la imperiosa necesidad de abrazar a mamá. El siguiente recuerdo es el hospital de Puebla.
Cuando tenía drogas sentía una tranquilidad universal. No había nada malo. No existía el dolor. Caía, pero muy suavemente. Vivía en un sueño donde todo estaba bien, pero cuando llegaba el bajón sentía una angustia miserable que me llenaba de ansiedad y desesperación. Sabía que estaba totalmente enganchada y que no había manera de que mi historia terminara bien, pero no me importaba.
Mi mente divagaba en tiempos y lugares imaginarios de paz y tranquilidad. Hubo una dosis que me llevó a un día específico de mi infancia. Un día que no tenía nada de particular y que por ser un día normal era diferente y hermoso. Mamá preparaba la cena en la cocina de la vieja casa y mi yo pequeña estaba en la mesa, entretenida con lápices de colores y un cuaderno.
Mi yo actual era invisible como un fantasma. Recorrí el lugar y lloré junto a mi madre sin que ella notara mi presencia en esa cocina donde estaban todas las cosas en su lugar como si nunca hubiera pasado el tiempo. Mi yo niña me miró a los ojos cuando me acerqué para ver los garabatos que dibujaba en el cuaderno, enjugó mis lágrimas con sus pequeñas manitas y sonriendo me hizo señas para que me sentara junto a ella y no hiciera ruido.
Fue una experiencia tan emotiva que cuando tuve consciencia la escribí para no olvidarla nunca y fue la inspiración para otros cuentos que escribí después. En esos días de viajes psicodélicos se sembraron en mi mente muchas de las historias que están en mis cuadernos.
Como ya no tenía más amigos que me ayudaran con dinero para ir sobreviviendo, algunas veces iba a trabajar a la cocina de un restaurante que está cerca y me daban algunos pesos a cambio, pero como nunca era suficiente. Busqué otras alternativas y en internet conocí a un señor que me pagaba por escribir textos de mujeres promiscuas en situaciones eróticas y me daba dinero extra si le llamaba por teléfono y leía las historias mientras él se masturbaba. También visité con cierta frecuencia la oficina de un señor que me daba algo de dinero a cambio de sexo oral.
De mis días de hambre recuerdo el fin de semana que me quedaban solamente cien pesos y como no tenía opción de conseguir más decidí aprovechar la promoción de 2 x 1 en pizzas. Compré dos pizzas medianas para que me dieran cuatro que me durarían hasta el lunes. El problema de ese plan es que no contemplaba que mi nivel de hambre era superior a mi voluntad, así que para esa misma noche ya no quedaban ni las migajas de las pizzas y no volví a comer hasta tres días después.
Doña Guille, una pequeña ancianita de cabello gris que vivía en el apartamento de junto fue mi ángel protector. En realidad fue un cambio radical, porque siempre me había reñido por el volumen de la música y cuando me la encontraba en las escaleras del edificio me veía como si yo fuera algo menos que basura, pero por mi aspecto se dio cuenta que estaba pasando mucha hambre y un buen día empezó a tratarme con ternura y algunas veces llegaba a mi apartamento con sandwiches o calditos de pollo que ella preparaba. Nunca me preguntó lo que me pasaba. No sé si no le interesaba o no quería entrometerse. Ella sólo se sentaba conmigo y me contaba alguna historia de su juventud mientras me veía comer. Un día me confesó que estaba muriendo de cáncer y que sufría dolores terribles. Iba a llorar pero ella me dijo que llorar era una tontería. Las lágrimas no solucionan nada, sólo te pondrán los ojos de sapo y te verás terrible. Mejor enséñame a fumar hierba. Esa noche el cáncer invadió mis sueños y desperté segura de que moriría pronto.
Mi ángel salvador fue el desconocido que me arrastró hasta un lugar seguro de la carretera la noche que me atropellaron. Llamó a la policía y a la ambulancia, me acompañó al hospital y averiguó mi nombre después de un par de días de investigaciones concienzudas. No tardó mucho tiempo en conseguir los datos de mis padres. Les llamó y les informó lo que me estaba pasando. Entonces, sin decir nada desapareció. Dice mamá que si no hubiera sido por él yo habría muerto.
Cuando regresé a la capital, después de un largo periodo de recuperación y desintoxicación, doña Guille ya no vivía en el edificio y tampoco pude localizar al desconocido que me salvó la vida en la carretera. Soy de esas personas que cree que la mayoría de los seres humanos están podridos por dentro y no son capaces de hacer cosas sin esperar algo a cambio. Yo misma he sido así. Pero también sé que en los momentos más difíciles siempre hay alguien que limpie tus lágrimas con manos tiernas.
Aquella madrugada de noviembre me llegó la revelación de que moriría pronto. Me levanté, salí del apartamento y empecé a caminar con la imperiosa necesidad de abrazar a mamá. El siguiente recuerdo es el hospital de Puebla.
Cuando tenía drogas sentía una tranquilidad universal. No había nada malo. No existía el dolor. Caía, pero muy suavemente. Vivía en un sueño donde todo estaba bien, pero cuando llegaba el bajón sentía una angustia miserable que me llenaba de ansiedad y desesperación. Sabía que estaba totalmente enganchada y que no había manera de que mi historia terminara bien, pero no me importaba.
Mi mente divagaba en tiempos y lugares imaginarios de paz y tranquilidad. Hubo una dosis que me llevó a un día específico de mi infancia. Un día que no tenía nada de particular y que por ser un día normal era diferente y hermoso. Mamá preparaba la cena en la cocina de la vieja casa y mi yo pequeña estaba en la mesa, entretenida con lápices de colores y un cuaderno.
Mi yo actual era invisible como un fantasma. Recorrí el lugar y lloré junto a mi madre sin que ella notara mi presencia en esa cocina donde estaban todas las cosas en su lugar como si nunca hubiera pasado el tiempo. Mi yo niña me miró a los ojos cuando me acerqué para ver los garabatos que dibujaba en el cuaderno, enjugó mis lágrimas con sus pequeñas manitas y sonriendo me hizo señas para que me sentara junto a ella y no hiciera ruido.
Fue una experiencia tan emotiva que cuando tuve consciencia la escribí para no olvidarla nunca y fue la inspiración para otros cuentos que escribí después. En esos días de viajes psicodélicos se sembraron en mi mente muchas de las historias que están en mis cuadernos.
Como ya no tenía más amigos que me ayudaran con dinero para ir sobreviviendo, algunas veces iba a trabajar a la cocina de un restaurante que está cerca y me daban algunos pesos a cambio, pero como nunca era suficiente. Busqué otras alternativas y en internet conocí a un señor que me pagaba por escribir textos de mujeres promiscuas en situaciones eróticas y me daba dinero extra si le llamaba por teléfono y leía las historias mientras él se masturbaba. También visité con cierta frecuencia la oficina de un señor que me daba algo de dinero a cambio de sexo oral.
De mis días de hambre recuerdo el fin de semana que me quedaban solamente cien pesos y como no tenía opción de conseguir más decidí aprovechar la promoción de 2 x 1 en pizzas. Compré dos pizzas medianas para que me dieran cuatro que me durarían hasta el lunes. El problema de ese plan es que no contemplaba que mi nivel de hambre era superior a mi voluntad, así que para esa misma noche ya no quedaban ni las migajas de las pizzas y no volví a comer hasta tres días después.
Doña Guille, una pequeña ancianita de cabello gris que vivía en el apartamento de junto fue mi ángel protector. En realidad fue un cambio radical, porque siempre me había reñido por el volumen de la música y cuando me la encontraba en las escaleras del edificio me veía como si yo fuera algo menos que basura, pero por mi aspecto se dio cuenta que estaba pasando mucha hambre y un buen día empezó a tratarme con ternura y algunas veces llegaba a mi apartamento con sandwiches o calditos de pollo que ella preparaba. Nunca me preguntó lo que me pasaba. No sé si no le interesaba o no quería entrometerse. Ella sólo se sentaba conmigo y me contaba alguna historia de su juventud mientras me veía comer. Un día me confesó que estaba muriendo de cáncer y que sufría dolores terribles. Iba a llorar pero ella me dijo que llorar era una tontería. Las lágrimas no solucionan nada, sólo te pondrán los ojos de sapo y te verás terrible. Mejor enséñame a fumar hierba. Esa noche el cáncer invadió mis sueños y desperté segura de que moriría pronto.
Mi ángel salvador fue el desconocido que me arrastró hasta un lugar seguro de la carretera la noche que me atropellaron. Llamó a la policía y a la ambulancia, me acompañó al hospital y averiguó mi nombre después de un par de días de investigaciones concienzudas. No tardó mucho tiempo en conseguir los datos de mis padres. Les llamó y les informó lo que me estaba pasando. Entonces, sin decir nada desapareció. Dice mamá que si no hubiera sido por él yo habría muerto.
Cuando regresé a la capital, después de un largo periodo de recuperación y desintoxicación, doña Guille ya no vivía en el edificio y tampoco pude localizar al desconocido que me salvó la vida en la carretera. Soy de esas personas que cree que la mayoría de los seres humanos están podridos por dentro y no son capaces de hacer cosas sin esperar algo a cambio. Yo misma he sido así. Pero también sé que en los momentos más difíciles siempre hay alguien que limpie tus lágrimas con manos tiernas.
domingo, 11 de agosto de 2013
Amor cruel
A este chico lo conocí en la empresa donde estaba haciendo el servicio social. Él era un ejecutivo medio y yo era la chica que sacaba copias, repartía correspondencia, servía café, atendía las reuniones, corregía la ortografía de mi jefe y en fin, hacía un poco de todo. Tenía la obligación de ir dos horas diarias, pero cuando empecé a tontear con él me quedaba más tiempo haciéndole compañía. Era muy moreno, con cuerpo de gimnasio, voz fuerte y aunque tenía personalidad dura era bastante agradable.
Me apasionaba esa actitud de estar siempre en control de la situación y aunque suponía que él estaría interesado en mujeres de su edad, era algo así como mi chico ideal: maduro, establecido y con una idea clara de lo que quiere, pero también tenía muy claro que lo nuestro era diversión pasajera.
Para cuando terminé mi servicio social ya teníamos una relación de pareja y fue cuando empecé a conocerlo mejor, porque ya lo veía fuera del ambiente de oficina, sin el traje de ejecutivo y sin la pose de todo está bien. No le gustaba ir a mi apartamento porque siempre estaban mis amigos y él no se sentía cómodo. Decía que le parecían bobos y pensé que era normal por la diferencia de edades, así que era yo la que lo iba a ver a su apartamento y algunas noches me quedaba con él.
Ahí, en su apartamento, descubrí que era pedorro compulsivo. La primera vez se disculpó. "Perdón, se me salió.". La segunda vez me miró y se río nerviosamente. La tercera vez ya ni se molestó en disimular. Giró la cadera y se aventó uno de lo más sonoro. Atrás habían quedado los días en que se iba al baño a echarse las flatulencias. Su recámara, sus sábanas y almohadas estaban impregnadas de un olor fétido y añejo. Un día rocié la habitación con desodorante ambiental y fue peor. El olor a burritos de chorizo con frijoles y aguacate se mezcló con brisa tropical. Un asco.
A él le costaba mucho trabajo alcanzar el orgasmo, lo cual no es necesariamente malo, pero para mí era frustrante. A las pocas semanas me preguntó si estaría interesada en hacer un trío con él y su amigo. Le dije que me diera tiempo para pensarlo pero se puso tan necio e insistente que terminé diciéndole que no lo haría. Se enfureció, dejó de hablarme durante varios días y luego volvió como si nada.
En una fiesta de la empresa y con algunas copas de por medio me señaló una por una a las mujeres de la oficina con las que se quería acostar. Aseguraba que podía llevarse a la cama a cualquiera de ellas pero que no lo hacía porque me quería y que yo debería agradecerle que me hubiera escogido a mí, porque algunas de ellas eran mejores que yo en muchos aspectos. Yo no sabía si estaba bromeando o lo decía en serio, pero en todo caso no le dije nada porque estaba borracho y no quise hacer una escena delante de todos.
Las cosas empezaron a empeorar. El sexo duraba horas y no paraba hasta llegar al orgasmo aunque yo le dijera que me estaba lastimando y le suplicara que no fuera tan violento. Si yo me negaba a tener sexo se enfurecía. Me dejaba de hablar y no paraba de echarse pedos, como para castigarme. Por supuesto yo tenía que disculparme por no corresponder a su “cariño” como debería.
Al poco tiempo me confesó que veía porno todo el tiempo. Yo, la verdad, no tengo problemas con la pornografía, de hecho un par de años atrás junto con unos amigos habíamos filmado una película casera que supuestamente nos haría millonarios, pero esa es otra historia. La cuestión acá es que él me contó con orgullo que aunque se masturbaba dos o tres veces al día viendo porno en la oficina aún le sobraban energías para tener sexo maratónico conmigo por las noches.
A partir de entonces las películas porno se hicieron parte de nuestro ritual en la cama y aunque él me ignoraba por completo o interrumpía el coito varias veces para poner otra película, al final no estuvo tan mal, porque terminaba más rápido y yo podía descansar.
Después de una larga plática sobre la importancia de la honestidad en la pareja me interrogó sobre todos y cada uno de los hombres con los que me había acostado, quién, a qué edad, qué tal estuvo, donde fue, me gustó o no me gustó, qué posición, cuanto aguantaban, como tenían el miembro y en fin, hasta el más mínimo detalle. A partir de entonces entró en una implacable competencia con todos esos fantasmas de mi pasado y yo tenía que decirle que ninguno había sido tan bueno, ni tan grande, ni tan potente como él.
Un fin de semana se quedó en mi apartamento y me di cuenta que no se bañó desde el viernes que llegó hasta el lunes por la mañana que se fue. Yo, que soy maniática de la limpieza, pensé que era algo terrible pero peor aún fue que por la noche intentó meterse a la cama de mi amiga Floramia. A la mañana siguiente lo acusó y él lo negó. Estúpida yo, para no hacer problema le dije a Floramia "No te enojes. Le gustas porque estás rebonita." Lo perdoné porque era estupida pero nunca más lo invité a quedarse con nosotras.
Pensé que era mi culpa que él le hubiera hecho eso a Floramia, porque no podía satisfacer su imperiosa necesidad sexual, así que la solución que encontré fue separar a mi novio de mi amiga. Él consideraba su cuerpo un templo, no usaba desodorante ni perfume y en una ocasión, después de mucho negociar, tuve que intercambiar una sesión de sexo oral que duró una hora y media y que me dejó un fuerte dolor en la quijada a cambio de que se rasurara el pubis.
En otra ocasión me contó que algunas veces se masturbaba en la oficina, con todo el mundo a su alrededor y dejaba que su semen se secara en su ropa interior porque le gustaba saber que otras personas olían su sexo. Él tenía la teoría de que las mujeres se excitan cuando huelen la masculinidad del hombre. Según él esa teoría la había comprobado varias veces conmigo, porque algunas noches que dormimos juntos él se había masturbado junto a mí dejando que se secara el semen en su entrepierna y a la mañana siguiente yo le había hecho sexo oral. Lo que no cuadra en su teoría es que era él quien me despertaba por la mañana para que se lo hiciera y no dejaba de insistir hasta que yo aceptaba aunque en realidad me daba un asco tremendo porque tenía sabor agrio.
Aunque sabía que mis amigas hablaban sobre mi situación no les conté nada porque sabía lo que me dirían y no quería escucharlo. Sentía que él me amaba y la idea de dejarlo me atormentaba. La bomba explotó cuando Floramia me recordó que debía cuatro meses de la renta del apartamento que compartíamos y ella no estaba dispuesta a cubrir mis deudas considerando que todo el dinero lo gastaba en mi novio. Él no quería gastar porque estaba ahorrando para comprarse otro auto así que yo pagaba los tragos en el bar, las entradas del cine, las pizzas o las películas en el Blockbuster a pesar de que yo vivía con el dinero que me mandaban mis padres y él vivía de su trabajo.
Por el dinero empezaron las discusiones que siempre terminaban con él culpándome a gritos y yo llorando en silencio. Finalmente terminó el semestre en la universidad y me fui de vacaciones de verano a la casa de mis padres. Después de un par de semanas de estar incomunicada me armé de valor, le llamé por teléfono y terminé con él.
Un par de días después me fui a la playa con mis primos y él se presentó sin avisar a la casa de mis padres. Encontró a mi mamá sola y le contó con exageración muchas cosas de mi vida en la capital, la mala influencia de mis amigos, las drogas y lo promiscua que yo era. Le dijo que a mis diecinueve años yo había tomado un mal camino, pero que me quería mucho y estaba dispuesto a perdonarme todo si yo regresaba y tenía un noviazgo honorable con él.
Mi madre, que es muy conservadora pero que tiene un instinto de protección que no le conozco a nadie más, dice que nada más verlo supo que estaba mal de la cabeza. Le ofreció té, le permitió que dijera lo que tenía que decir y cuando terminó le dijo “Permítame un segundo, señor”. Tomó el teléfono y frente a él le llamó a mi padre y con tono sereno dijo “Busca a los muchachos y vengan armados.”
Me apasionaba esa actitud de estar siempre en control de la situación y aunque suponía que él estaría interesado en mujeres de su edad, era algo así como mi chico ideal: maduro, establecido y con una idea clara de lo que quiere, pero también tenía muy claro que lo nuestro era diversión pasajera.
Para cuando terminé mi servicio social ya teníamos una relación de pareja y fue cuando empecé a conocerlo mejor, porque ya lo veía fuera del ambiente de oficina, sin el traje de ejecutivo y sin la pose de todo está bien. No le gustaba ir a mi apartamento porque siempre estaban mis amigos y él no se sentía cómodo. Decía que le parecían bobos y pensé que era normal por la diferencia de edades, así que era yo la que lo iba a ver a su apartamento y algunas noches me quedaba con él.
Ahí, en su apartamento, descubrí que era pedorro compulsivo. La primera vez se disculpó. "Perdón, se me salió.". La segunda vez me miró y se río nerviosamente. La tercera vez ya ni se molestó en disimular. Giró la cadera y se aventó uno de lo más sonoro. Atrás habían quedado los días en que se iba al baño a echarse las flatulencias. Su recámara, sus sábanas y almohadas estaban impregnadas de un olor fétido y añejo. Un día rocié la habitación con desodorante ambiental y fue peor. El olor a burritos de chorizo con frijoles y aguacate se mezcló con brisa tropical. Un asco.
A él le costaba mucho trabajo alcanzar el orgasmo, lo cual no es necesariamente malo, pero para mí era frustrante. A las pocas semanas me preguntó si estaría interesada en hacer un trío con él y su amigo. Le dije que me diera tiempo para pensarlo pero se puso tan necio e insistente que terminé diciéndole que no lo haría. Se enfureció, dejó de hablarme durante varios días y luego volvió como si nada.
En una fiesta de la empresa y con algunas copas de por medio me señaló una por una a las mujeres de la oficina con las que se quería acostar. Aseguraba que podía llevarse a la cama a cualquiera de ellas pero que no lo hacía porque me quería y que yo debería agradecerle que me hubiera escogido a mí, porque algunas de ellas eran mejores que yo en muchos aspectos. Yo no sabía si estaba bromeando o lo decía en serio, pero en todo caso no le dije nada porque estaba borracho y no quise hacer una escena delante de todos.
Las cosas empezaron a empeorar. El sexo duraba horas y no paraba hasta llegar al orgasmo aunque yo le dijera que me estaba lastimando y le suplicara que no fuera tan violento. Si yo me negaba a tener sexo se enfurecía. Me dejaba de hablar y no paraba de echarse pedos, como para castigarme. Por supuesto yo tenía que disculparme por no corresponder a su “cariño” como debería.
Al poco tiempo me confesó que veía porno todo el tiempo. Yo, la verdad, no tengo problemas con la pornografía, de hecho un par de años atrás junto con unos amigos habíamos filmado una película casera que supuestamente nos haría millonarios, pero esa es otra historia. La cuestión acá es que él me contó con orgullo que aunque se masturbaba dos o tres veces al día viendo porno en la oficina aún le sobraban energías para tener sexo maratónico conmigo por las noches.
A partir de entonces las películas porno se hicieron parte de nuestro ritual en la cama y aunque él me ignoraba por completo o interrumpía el coito varias veces para poner otra película, al final no estuvo tan mal, porque terminaba más rápido y yo podía descansar.
Después de una larga plática sobre la importancia de la honestidad en la pareja me interrogó sobre todos y cada uno de los hombres con los que me había acostado, quién, a qué edad, qué tal estuvo, donde fue, me gustó o no me gustó, qué posición, cuanto aguantaban, como tenían el miembro y en fin, hasta el más mínimo detalle. A partir de entonces entró en una implacable competencia con todos esos fantasmas de mi pasado y yo tenía que decirle que ninguno había sido tan bueno, ni tan grande, ni tan potente como él.
Un fin de semana se quedó en mi apartamento y me di cuenta que no se bañó desde el viernes que llegó hasta el lunes por la mañana que se fue. Yo, que soy maniática de la limpieza, pensé que era algo terrible pero peor aún fue que por la noche intentó meterse a la cama de mi amiga Floramia. A la mañana siguiente lo acusó y él lo negó. Estúpida yo, para no hacer problema le dije a Floramia "No te enojes. Le gustas porque estás rebonita." Lo perdoné porque era estupida pero nunca más lo invité a quedarse con nosotras.
Pensé que era mi culpa que él le hubiera hecho eso a Floramia, porque no podía satisfacer su imperiosa necesidad sexual, así que la solución que encontré fue separar a mi novio de mi amiga. Él consideraba su cuerpo un templo, no usaba desodorante ni perfume y en una ocasión, después de mucho negociar, tuve que intercambiar una sesión de sexo oral que duró una hora y media y que me dejó un fuerte dolor en la quijada a cambio de que se rasurara el pubis.
En otra ocasión me contó que algunas veces se masturbaba en la oficina, con todo el mundo a su alrededor y dejaba que su semen se secara en su ropa interior porque le gustaba saber que otras personas olían su sexo. Él tenía la teoría de que las mujeres se excitan cuando huelen la masculinidad del hombre. Según él esa teoría la había comprobado varias veces conmigo, porque algunas noches que dormimos juntos él se había masturbado junto a mí dejando que se secara el semen en su entrepierna y a la mañana siguiente yo le había hecho sexo oral. Lo que no cuadra en su teoría es que era él quien me despertaba por la mañana para que se lo hiciera y no dejaba de insistir hasta que yo aceptaba aunque en realidad me daba un asco tremendo porque tenía sabor agrio.
Aunque sabía que mis amigas hablaban sobre mi situación no les conté nada porque sabía lo que me dirían y no quería escucharlo. Sentía que él me amaba y la idea de dejarlo me atormentaba. La bomba explotó cuando Floramia me recordó que debía cuatro meses de la renta del apartamento que compartíamos y ella no estaba dispuesta a cubrir mis deudas considerando que todo el dinero lo gastaba en mi novio. Él no quería gastar porque estaba ahorrando para comprarse otro auto así que yo pagaba los tragos en el bar, las entradas del cine, las pizzas o las películas en el Blockbuster a pesar de que yo vivía con el dinero que me mandaban mis padres y él vivía de su trabajo.
Por el dinero empezaron las discusiones que siempre terminaban con él culpándome a gritos y yo llorando en silencio. Finalmente terminó el semestre en la universidad y me fui de vacaciones de verano a la casa de mis padres. Después de un par de semanas de estar incomunicada me armé de valor, le llamé por teléfono y terminé con él.
Un par de días después me fui a la playa con mis primos y él se presentó sin avisar a la casa de mis padres. Encontró a mi mamá sola y le contó con exageración muchas cosas de mi vida en la capital, la mala influencia de mis amigos, las drogas y lo promiscua que yo era. Le dijo que a mis diecinueve años yo había tomado un mal camino, pero que me quería mucho y estaba dispuesto a perdonarme todo si yo regresaba y tenía un noviazgo honorable con él.
Mi madre, que es muy conservadora pero que tiene un instinto de protección que no le conozco a nadie más, dice que nada más verlo supo que estaba mal de la cabeza. Le ofreció té, le permitió que dijera lo que tenía que decir y cuando terminó le dijo “Permítame un segundo, señor”. Tomó el teléfono y frente a él le llamó a mi padre y con tono sereno dijo “Busca a los muchachos y vengan armados.”
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