miércoles, 31 de julio de 2013

Vecinos

Anoche vi a los vecinos coger. No es la primera vez que los veo, de hecho es algo así como una rutina de dos veces por semana que inició recién me mudé a este edificio. Las primeras veces era muy excitante, ahora me quedo en la ventana porque me siento comprometida con ellos. Es una relación complicada, que inició con mucha intensidad, pero perdí el interés rápidamente. Jugamos a que ellos no saben que estoy en mi balcón y yo pretendo que no les veo. Al principio me la pasaba pendiente todo el tiempo de ellos, ahora los papeles han cambiado y son ellos quienes me esperan para iniciar sus caricias amorosas. Me asomo a la ventana y están viendo la TV tranquilamente pero en cuanto sienten mi presencia es como ponerle play a una película porno. Eso parece gustarles mucho y no quiero que se sientan rechazados. Me imagino el diálogo: "Ahí está la vecina. ¿En serio? ¿Nos está viendo? Sí, amor, nos está viendo. Que rico. Oh, espera… cerró su ventana. Se fue. Ya lo ves, te dije que te pusieras a dieta. ¿Yo? Pero si el gordo eres tú. ¿Sabes? Esta relación no funciona más, quiero el divorcio." En fin, que no me gustaría ser la causa de su separación, les he tomado cariño y quiero que sean felices. Además, pronto será nuestro segundo aniversario.

martes, 30 de julio de 2013

Mil lágrimas después

Apenas lo acababa de conocer, era profesor de la universidad y me parecía un señor muy inteligente, guapo y simpático. La atracción de ambos era obvia y sonreíamos con cierto aire de complicidad mientras platicábamos sobre mi muy marcado acento de provincia y el tema de llegar a la capital para estudiar la universidad.
Le hablé de mis temores por encontrarme viviendo en una gran ciudad  y para impresionarlo le mostré el bote de gas pimienta que traía en mi bolso. Le dije que nunca lo había usado y que en caso de un ataque no tendría tiempo de sacarlo, pero mi madre lo había comprado y me había hecho prometerle que siempre lo traería conmigo.
Al poco tiempo empecé a sentir un poco de ardor en los ojos y las lágrimas empezaron a escurrir. ¿Te sientes bien? -preguntó. Fue inevitable, en menos de 30 segundos tenía los ojos inflamados como sapo y rojos como en película de terror.
-¿Te tocaste los ojos después de tocar el gas pimienta?
Tuvo que guiarme hasta el baño de la facultad para lavarme los ojos. Alguien llamó a enfermería y al poco rato llegó un médico con una enfermera a auxiliarme.
Me aplicaron agua y algún otro producto que olía a jabón con un paño de algodón limpio para retirar el químico de la piel, me dijeron que no me frotara los ojos, que permitiera el lagrimeo y finalmente me pusieron gasas impregnadas de agua en los párpados.
No veía nada y por un momento pensé que me quedaría ciega, pero el médico me dijo que pronto estaría bien y eso me tranquilizó. Escuchaba a la gente murmurar cerca de mí y no pasó mucho tiempo antes de que todos en la universidad supieran que yo misma me había echado gas pimienta en los ojos.
Él no se apartó un solo momento de mi lado. Me llevó a mi departamento y se ofreció a cuidarme hasta que me sintiera mejor. Por la noche, después de hacer el amor, me dijo en broma que en lugar de preocuparme por la delincuencia de la ciudad debería aprender a cuidarme de mí misma.
Ese día iniciamos una relación sin presiones ni compromisos. No nos íbamos a enamorar, sólo nos íbamos a divertir. Así nos lo prometimos. En realidad no supimos entender la señal que nos mandó el destino. Lo que empezó con dolor y lágrimas derramadas no podía terminar bien.

lunes, 29 de julio de 2013

Coleccionista de calzones

Miguel es único por miles de pequeñas cosas... su personalidad, por supuesto, pero también porque es coleccionista de calzones.
Miguel colecciona calzones de las mujeres con las que se ha acostado desde que era un adolescente. Su primer calzón se lo regaló una vecina con un "para que no me olvides". Él no lo pidió. Ni siquiera se le había ocurrido conservarlo, pero ese calzón fue para él un inesperado trofeo que presumió a todos sus amigos del colegio.
Cuando ya todos conocían el trofeo tuvo la necesidad de conseguir un premio más y a la siguiente amante le pidió el calzón para no olvidarla. Con el tiempo logró una impresionante colección de prendas íntimas de diversas formas y colores que hoy presume con fingida modestia a conocidos y extraños.
Cada calzón está metido en una bolsa de nylon transparente clasificado con una etiqueta que contiene las iniciales de la dueña y la fecha en que llegó a su colección. Las bolsas están organizadas por orden cronológico dentro de unas cajas de archivo muerto que por fuera indican el periodo que contienen.
Pero quizá no sea tan importante la colección completa como la historia que tiene cada uno de esos calzones. Miguel es capaz de narrarte cada detalle de la dueña del calzón y de cómo fue que consiguió quedarse con él.
Por lo general Miguel tiene la estrategia de quitarle los calzones a la amante en turno para poder esconderlo rápidamente, pero si no lo consigue pasa todo el tiempo pendiente de donde ha quedado el calzón para esconderlo en la primera oportunidad que se le presente.
A veces ha esperado a que su acompañante se quede dormida para buscar su preciado tesoro y esconderlo donde nadie lo encontraría. Al día siguiente es capaz de voltear la casa completa para "ayudar" a buscar el calzón perdido hasta que la dueña se da por vencida con un "si lo encuentras me lo guardas, por favor."
Algunas mujeres que conocen su fama de coleccionista empezaron a usar modelos más elegantes y costosos por si algún día se pasan de copas y terminan en la cama de Miguel y algunas más descaradas le han dicho "Guárdalo... para tu colección".
Las historias íntimas de cómo consiguió cada calzón te las puede contar Miguel. Algunas son para morir de risa, otras son un poco subidas de tono, pero él siempre consigue narrarlas sin una sola vulgaridad, como si estuviera en una iglesia.

domingo, 28 de julio de 2013

Disciplina militar

Mi madre con carácter duro y disciplina férrea educó dos caballeros y una dama. O al menos lo intentó. Mis hermanos son hoy su más grande orgullo. Hombres que conservan en todo momento el temperamento tibio, el lenguaje apropiado y que no sabes cómo lo consiguen, pero siempre están impecablemente vestidos y con el cabello engomado.
Añorando tiempos pasados y deseando haber vivido en otra época, nos obligaba a decir por favor, y gracias, aún en las discusiones más acaloradas. “Lo siento, pero voy a tener que pedirte que por favor dejes de hacer ese molesto ruido”. También, si habíamos cometido alguna falta había que disculparse y demostrar arrepentimiento.
Por otra parte, cuando íbamos a una fiesta o reunión familiar siempre nos presentaba resaltando los atributos específicos de cada uno de sus hijos “Él es Roberto, tiene 14 años y obtuvo 9 de promedio en el colegio. Ella es...”. Esto lo sigue haciendo, sólo que ahora es “Él es Roberto, está casado, tiene 2 hijos y es administrador de...”.
Nos enseñó que teníamos que saludar a todos los que estuvieran presentes en el salón. Uno por uno. Mis hermanos, por ser varones, saludaban sin dejar de ver a los ojos a la otra persona, y yo saludaba extendiendo la mano y bajando la mirada. Si me querían saludar con un beso en la mejilla, tenía que hacer la maniobra para que el beso reventara en el aire y no consiguieran tocarme.
Por supuesto nunca hice drama por los pellizcos en el trasero, los abrazos pasados de tono o las insinuaciones y propuestas de los viejos rabo verde que conocí en aquella época. Lo propio de una señorita decente es mantenerse alejada de esas personas sin hacer escándalo, porque al final la gente terminaría diciendo que tú los provocaste.
Por otra parte, disfrutaba mucho cuando mis hermanos tenían que dejarle el asiento a una señora en el bus y veían a mamá esperando una señal de aprobación por haberse portado como todos unos caballeros.
Abrir la puerta del auto a las mujeres, levantarse de la mesa si una dama se levantaba, no poner los codos en la mesa, no maldecir, no eructar, no levantar la voz, ser puntuales, ser generosos en halagos, nunca criticar o emitir juicios sobre otras personas en público, tocar la puerta antes de entrar, nunca visitar a alguien sin haberlo anunciado antes, callar cuando alguien más está hablando y poner atención a lo que dice. Es lo menos que se espera de una persona educada, según mamá.
En aquellos tiempos pensaba que vivíamos con más disciplina que en un campamento militar y muchas veces incitaba a mis hermanos para rebelarnos de la tirana. Nunca lo conseguí. Ellos la seguían como a un Dios y me veían como un animalito al que hay que proteger y domesticar.
Recuerdo que un día recurrí a papá para quejarme de lo que yo consideraba abuso infantil, él me sonrió y me dijo que no me preocupara, que cuando fuera mayor podría hacer lo que quisiera y yo le contesté "Cuando sea libre te llevaré conmigo, papito.". No paró de reír en días.
Ahora, con el paso del tiempo y entendiendo un poco más la naturaleza humana, estoy segura que todos los niños y niñas deberían tener una madre cariñosa en casa y recibir un par de horas al día de la disciplina de mi madre.

sábado, 27 de julio de 2013

Cumpleaños

He recibido muchas llamadas y mensajes felicitándome. Soy feliz, muy feliz por tener tantos amigos y gente que me quiere. No, no soy mamá. Me felicitan porque hoy es mi cumpleaños. Sí, sí. Nací el día de las madres.
Mamá me ha contado que todavía faltaban unas semanas para la fecha programada de mi nacimiento, pero aquél día de las madres empezaron las contracciones a eso de las 6 de la mañana y no se detuvieron hasta las 10 de la noche en que nací. O sea que nací el 10 a las 10. No creo que tenga nada de especial, pero me gusta decirlo.
La anécdota de ese día es la de mi abuela paterna que se había quedado encargada de hacer compañía a mamá mientras que papá había ido a conseguir un préstamo para pagar la cuenta del hospital.
Mientras mi madre se revolcaba de dolor en la cama por las contracciones, mi abuela encendió el televisor, buscó el canal de la telenovela, sacó un emparedado de pierna de cerdo y destapó una gaseosa. Mi madre la miró incrédula y le dijo "¡Suegra, no me torture así!" y mi abuela le contestó "¿Y yo qué culpa tengo de que no puedas comer?" se paró, le subió el volumen al televisor porque los quejidos de mi madre no la dejaban escuchar los diálogos del drama, regresó a su asiento, le dio un gran bocado al emparedado y se desentendió totalmente de mi madre.
Recordar esta historia cada 10 de mayo es como una tradición en mi familia. Para papá y para mí es muy cómica, pero mamá asegura que fue el peor día de su vida. Recién hablé con ella y empezó con la cantaleta de "A estas horas tu abuela...". Y yo aproveché y le dije que debería hacer lo mismo a sus nueras. Ya ve mamita, que gracias a eso nos acordamos de la abue aunque sea una vez al año.
Nací con poco peso, flaca como una lagartija y pálida como un cirio, pero con una abundante mata de cabello negro. Era la primera niña y después de dos varones mi padre estaba fascinado conmigo. Mi madre muerta de cansancio intentaba dormir, pero no podía por la angustia que habían provocado las palabras del médico. "Esta niña no llora, eso no es normal."
Cuando se comprobó que no tenía ninguna enfermedad fatal mis padres recobraron la tranquilidad y empezaron a hacerle mala fama al pediatra. Con el tiempo mamá rectificó y dijo que el doctor no se equivocó. Valeria nunca ha sido una persona normal.

viernes, 26 de julio de 2013

Madre Eudith

Internado para señoritas del Sagrado Corazón de Jesús. Otoño 2002

La conocí el primer día en el internado. La quise como madre, hermana, amiga y mujer. Fue mi primer beso con amor, mi primera caricia tierna, mi primer estremecimiento. Con ella no tenía miedo. Con ella todo estaba bien. Quería vivir con ella, despertar con ella, comer con ella, reír y llorar con ella.
Una vez me dijo en secreto que llevaba un tiempo esperando algo que no sabía bien a bien que era, pero que en cuanto me vio supo que era a mí a quien esperaba. Jamás imaginé conocer a alguien como ella.
Cuando llegué al internado le encargaron mostrarme el lugar y darme las indicaciones necesarias. Me asignaron a la lavandería y sin pensarlo mucho se ofreció a enseñarme lo que tenía que hacer. Era la maestra de español y sus clases eran las más esperadas todos los días.
Tenía la cara redonda llena de pecas que contrastaban con su piel tan blanca y el cabello  negro que usaba con corte de niño. Sus ojos eran color aceituna, iluminados, redondos y grandes, en cambio su nariz y sus labios eran muy pequeñitos. Era delgada y muy bajita para alguien de su edad. Ella tenía 27 años. Yo 14.
Yo usaba el uniforme obligatorio del internado: Falda blanca hasta los tobillos, blusa de manga larga, chaleco azul y zapatos negros con calcetas hasta las rodillas. Ella usaba una túnica azul sujeta por un ceñidor, zapatos negros sin tacón, toca blanca sobre la frente y manto negro desde la cabeza a los pies.
Se fue un día sin despedirse y me dejó sola para siempre. Mi psicólogo dice que confundí la necesidad de sustituir a mi madre con el amor de pareja, pero yo creo que está equivocado. Fue mi primer amor.