El agua estaba calientita y yo pensaba en lo rico que es meterse a la ducha después de hacer ejercicio. Porque eso sí, mi madre me enseñó que una señorita debe bañarse, arreglarse y perfumarse todos los días aunque no tenga intenciones de salir, ni espere recibir a alguien en casa. “Las visitas pueden llegar en cualquier momento y no querrás que piensen que eres un animalito salvaje ¿O sí?”
En aquél tiempo me importaba poco lo que pensara la gente. Odiaba bañarme y me tenían que llevar a rastras a la ducha. Una vez que me metían el problema era sacarme de ahí, porque el agua estaba caliente y afuera hacía tanto frío que ya no quería salir. Además, jugar en la bañera era de lo más divertido.
Cerré el paso del agua y sacudí mi cuerpo para librarme de la mayor cantidad de agua. Junté mi cabello, lo exprimí, tomé la toalla y la jalé hacia mí. Vi de reojo que algo brincó y cayó dentro de la ducha. El instinto me hizo resguardarme en cuclillas en la esquina más apartada de aquella “cosa” y limpiar rápidamente mis ojos con la toalla.
Cuando me di cuenta de lo que era la piel se me puso de gallina y pensé que me desmayaría. Una enorme tarántula negra y peluda estaba justo en la puerta de la ducha. Grité, temblé y lloré. No se movía. Le hice shuu… shuuu… mientras que con una punta de la toalla intentaba asustarla. No se movía. El terror de que me brincara encima me ponía los pelos de punta. Los cinco o diez minutos que estuvimos ahí, yo intentando que se quitara, ella ignorándome, fueron eternos.
Le decía con llanto “Por favor, señora tarantulita, déjeme salir… por favor.” Pero se quedaba quieta, moviendo los pedipalpos como si estuviera tramando algo. Con las piernas temblorosas logré levantarme. Cogí la barra de jabón y la aventé cerca de ella. ¡Se movió! Mis gritos deben haber despertado a todos en el edificio. Se instaló en la pared, junto a la llave del agua. Lentamente empecé a moverme, con el cuerpo pegado a la pared. Paso a pasito. El teléfono celular empezó a sonar pero estaba en la recámara y no lo podía contestar.
Logré llegar a la puerta de la ducha, abrí e intenté salir corriendo, pero al poner el pie fuera de la ducha me resbalé y caí haciendo un split casi perfecto. No me importó, me levanté de inmediato, salí y cerré la puerta de la ducha. Juro que podía sentir las patas de la tarántula en mi cuerpo. Corrí al vestidor, corrí a la recámara, regresé al vestidor, regresé a la recámara. Estaba desnuda, dando vueltas como loca. Alguien llamó a la puerta, corrí hasta ella, me asomé por la mirilla y vi a Rubén, mi vecino. ¡Rubén! Fui por la bata de baño, con mucha dificultad logré ponérmela, corrí por las llaves, regresé a la puerta, quité el cerrojo y le abrí.
-¡Rubén! -Grité con lágrimas en los ojos.
-¿Qué pasa, mujer? Mi esposa me ha dicho que escuchó gritos y que no atiendes el teléfono.
El pobre de Rubén todavía tenía la marca de la almohada en el cabello, venía en pijamas y traía un bate de béisbol en la mano.
-Que me muero, Rubén. Me muero. -Temblaba como si tuviera el mal de Parkinson.
-¿Pero qué es lo que pasa? ¿Te han hecho daño? –Preguntaba mientras se asomaba al interior del apartamento levantando amenazadoramente el bate.
-¡Hay una tarántula gigante en mi ducha, Rubén!
-¿Pero qué dices, Valeria?
-Sí, una tarántula como de este tamaño, negra, peluda y asquerosa. ¡Tienes que sacarla de aquí!
Se me quedó viendo con incredulidad durante unos segundos. Empezó a sonreír y me hizo sentir la más tonta del planeta, aunque su mirada también consiguió hacerme sentir protegida y segura. En ese momento me di cuenta que estaba delante de un hombre, semidesnuda, sin una gota de maquillaje, con el cabello relamido y llorando ridículamente. Intenté componerme y parecer serena, aunque mis manos todavía temblaban.
-¿Tienes una escoba? –Me preguntó.
-Sí, en el patio, junto a la cocina. ¿Qué vas a hacer, Rubén?
-Matarla. ¿Qué más? ¿Dónde está la tarántula?
-Está en la ducha, pero no la puedes matar. Tienes que sacarla y llevarla al monte.
-¿Qué dices, mujer? A esos bichos hay que matarlos antes de que le piquen a alguien.
-Pues no. Te la llevas y la dejas en el monte. –Dije con autoridad.
-¿Y cómo pretendes que haga eso? ¿Me la subo al cuello y me la llevo?
-No, por supuesto que no. Pero tiene que haber una manera. Llamemos a los protectores de animales para que vengan a buscarla.
-Pero bueno, niña, no te das cuenta que en este país apenas tenemos policías de a pie. Y si les llamas se van reír de ti.
Entró al baño y lo escuché decir “Sí es una tarántula y sí está enorme. Yo no tocaré esa cosa.”
En ese momento llegó Marcela, la esposa de Rubén, acompañada de otra vecina a la que siempre saludo pero que nunca he sabido su nombre. Querían saber lo que estaba pasando. Les expliqué agregando un poco de drama para no quedar tan mal y las dos me decían “Mi niña, que susto debes haber pasado.”
La gente del edificio que a esas horas salía al trabajo o a dejar a los hijos a la escuela empezó a asomarse a mi apartamento para enterarse de lo que pasaba. No los culpo. Este lugar es muy tranquilo y nunca pasa nada, pero cuando pasa es porque entraron a robar o porque alguien murió.
Hubiera preferido que me dieran tiempo de arreglarme, ponerme un poco de maquillaje y ropa adecuada para la situación, sin embargo con tanta gente en el apartamento, asomándose al baño y queriendo conocer de primera mano el ataque de la tarántula gigante no me quedó más que sacar mis dotes histriónicas y contarles cada detalle, dramatizando la parte donde “se me quedaba viendo y hacía sus manitas así…”.
El hijo de una vecina, un niño de unos 8 años salió de mi baño, vestía uniforme del colegio, traía una sonrisa en el rostro y la tarántula caminándole en el brazo. “Estas arañitas no hacen nada.” Su mamá dio un grito ahogado. Todos nos apartamos de él como si tuviera lepra.
-Sácala de aquí. ¡Llévatela, por favor!
-Hace cosquillitas. –Dijo el héroe de la mañana mientras salía del apartamento con su madre a cierta distancia de él diciéndole “Pero cómo se te ocurre, esa cosa te puede matar…”.
Acá se habla de todo. Sin censura, pero con respeto. Si no te gusta lo que publico anda a volar que seguro en otro lado encontrarás lo que buscas. Pero si te sientes cómodo quédate un rato más y juega conmigo.
miércoles, 17 de julio de 2013
martes, 16 de julio de 2013
El anuncio
Puse ese anuncio en el sitio de contactos porque estaba aburrida y llevaba un tiempo deseando vivir algo emocionante. Había pasado toda la tarde viendo fotos y anuncios de otras personas y sin pensarlo mucho publiqué un breve texto donde me describía y solicitaba un encuentro casual e inolvidable con un hombre.
"He estado sola desde hace un tiempo. Sé que no es posible sustituir en una noche la intimidad alcanzada en una relación de largo plazo, pero esta falta de contacto físico me está volviendo loca. Soy una chica joven, esbelta, sana y simpática en busca de un caballero para pasar un momento inolvidable. Me gustaría que nos encontráramos en algún lugar público (posiblemente para tomar una copa, o tal vez un helado), llegar a conocernos un poco, y si sentimos algo de química ir a mi casa o a la tuya a pasar la noche desnudos en la cama. Voy a mimarte mucho. No tengo límites. No quiero compromisos ni ataduras o relaciones complicadas. Sólo quiero sacarle algo positivo a esta soledad. Mi foto a cambio de la tuya."
Recibí algunas respuestas y me puse en contacto con un señor de cuarenta años que con honestidad me había dicho que era casado pero que también buscaba un tirón de adrenalina en su vida. Intercambiamos fotos, hablamos por teléfono y empezamos a planear una cita.
Una semana después llegué al apartamento un poco tomada. Estaba tumbada en la cama cuando me acordé de él. Le llamé y le di mi dirección. Bebimos un poco de vodka y fumamos algo de hierba mientras veíamos una película en la sala. Como era algo tímido decidí tomar la iniciativa. Me monté sobre su regazo y nos besamos un rato. Luego lo arrastré hasta la recamara.
Se fue poco antes de que empezara a amanecer y por el sueño apenas pude decirle adiós. Desperté al mediodía y encontré un par de mensajes de él en mi teléfono avisando que había llegado bien y que no había tenido problemas con su mujer. En otro mensaje me decía que se lo había pasado genial y que nunca pensó conocer a alguien como yo.
Para mí el asunto estaba terminado, así que no le contesté. Envió un par de mensajes más preguntando si me podía ver esa noche y le contesté que tenía otros planes y que en realidad lo que había pasado era cosa de una sola vez. Mandó algunos mensajes más intentando convencerme y como no recibía respuesta llamó un par de veces pero tampoco le contesté. Dejó de insistir y pensé que había entendido la situación.
Dos semanas después lo encontré sentado afuera de mi apartamento, con la ropa sucia, barba de varios días y un “Toda la vida, todos los días, he soñado con conocer una mujer como tú y ahora que te encontré tienes que saber que estoy loco por ti.”
"He estado sola desde hace un tiempo. Sé que no es posible sustituir en una noche la intimidad alcanzada en una relación de largo plazo, pero esta falta de contacto físico me está volviendo loca. Soy una chica joven, esbelta, sana y simpática en busca de un caballero para pasar un momento inolvidable. Me gustaría que nos encontráramos en algún lugar público (posiblemente para tomar una copa, o tal vez un helado), llegar a conocernos un poco, y si sentimos algo de química ir a mi casa o a la tuya a pasar la noche desnudos en la cama. Voy a mimarte mucho. No tengo límites. No quiero compromisos ni ataduras o relaciones complicadas. Sólo quiero sacarle algo positivo a esta soledad. Mi foto a cambio de la tuya."
Recibí algunas respuestas y me puse en contacto con un señor de cuarenta años que con honestidad me había dicho que era casado pero que también buscaba un tirón de adrenalina en su vida. Intercambiamos fotos, hablamos por teléfono y empezamos a planear una cita.
Una semana después llegué al apartamento un poco tomada. Estaba tumbada en la cama cuando me acordé de él. Le llamé y le di mi dirección. Bebimos un poco de vodka y fumamos algo de hierba mientras veíamos una película en la sala. Como era algo tímido decidí tomar la iniciativa. Me monté sobre su regazo y nos besamos un rato. Luego lo arrastré hasta la recamara.
Se fue poco antes de que empezara a amanecer y por el sueño apenas pude decirle adiós. Desperté al mediodía y encontré un par de mensajes de él en mi teléfono avisando que había llegado bien y que no había tenido problemas con su mujer. En otro mensaje me decía que se lo había pasado genial y que nunca pensó conocer a alguien como yo.
Para mí el asunto estaba terminado, así que no le contesté. Envió un par de mensajes más preguntando si me podía ver esa noche y le contesté que tenía otros planes y que en realidad lo que había pasado era cosa de una sola vez. Mandó algunos mensajes más intentando convencerme y como no recibía respuesta llamó un par de veces pero tampoco le contesté. Dejó de insistir y pensé que había entendido la situación.
Dos semanas después lo encontré sentado afuera de mi apartamento, con la ropa sucia, barba de varios días y un “Toda la vida, todos los días, he soñado con conocer una mujer como tú y ahora que te encontré tienes que saber que estoy loco por ti.”
lunes, 15 de julio de 2013
Mis padres
Soy la menor de tres hijos en una familia totalmente compleja. Hasta hoy no comprendo cómo es que mi padre se enrolló con mi madre. Qué bicho les habrá picado cuando pensaron que podían ser felices juntos. No tienen absolutamente nada en común. Quizá confundieron la amistad con el amor y cometieron el error de casarse. Pero más inexplicable es que después de tantos años siguen juntos.
Mi padre es un ser extraordinario, de carácter noble, cariñoso y tranquilo. Músico de toda la vida, que lo mismo recorre las cantinas con su guitarra que toca en la orquesta nacional. A él le da igual. Lo único que quiere es tocar sus melodías. Fue trotamundos en su juventud y ahora con la edad se ha hecho lector incansable de todo tipo de libros. Siempre tiene historias de aventuras en lugares lejanos con personajes maravillosos. No toma alcohol, nunca ha tomado, pero disfruta desvelarse en noches bohemias. Llora cuando se le mueren los amigos, quizá porque piensa que la muerte se le acerca, y yo lloro con él. Nunca ha hecho mucho dinero, pero tiene tantos y tan buenos amigos que los cuida y valora más que a toda la plata del mundo.
Mi madre, en cambio, es la mujer más amargada del universo. Una mujer profundamente religiosa, empecinada en que la gente viva como ella cree que se debe vivir. No sé de dónde o porqué se siente mujer de alta sociedad, porque a decir verdad su familia tampoco es rica. Ella dice que la falta de dinero es castigo de Dios por los pecados de mi padre. De mi infancia recuerdo a papá haciendo bromas a mamá y a ella la recuerdo hostigando a papá por holgazán y vago.
Tengo dos hermanos mayores, a los que mi madre ha dedicado la vida a mimar y consentir haciéndolos unos perfectos inútiles. Es una mujer muy machista y conservadora. Cree que la mujer debe dedicar su existencia a Dios y a atender a los hombres de su casa y eso lo aplica a la perfección con sus hijos varones, pero no con su marido. A papá no lo atiende como a mis hermanos.
Nunca fui la típica niña, o al menos no fui como eran mis amigas de aquél tiempo. Desde pequeña fui muy apegada a mi padre y busqué alejarme de todas las formas posibles de mi madre. Tuve grandes pleitos con ella cuando me pedía que les sirviera la comida a mis hermanos o que limpiara su habitación. ¡Que lo hagan ellos!
De pequeña creía tener los poderes de Ranma ½ y podía convertirme en niño o niña a placer. Mi madre se molestaba mucho porque yo pasaba el día en la calle jugando pelota con otros niños, trepando árboles o andando sin rumbo fijo en la bicicleta. Algunas veces me encerraba en mi habitación castigada por haber llegado tarde, con algún raspón en las piernas, o con la ropa mojada por haber nadado en el río, pero yo siempre lograba escaparme por la ventana y ella no se enteraba.
Alguna vez me dijo ¡Eres la desgracia de esta familia! Me enfurecí y le contesté con algo que sabía que le dolería: ¡Dios te castigó conmigo por algo muy malo que hiciste!. Me persiguió por toda la casa con un cinto en la mano. Logré encerrarme en mi habitación y no le abrí aunque golpeaba la puerta y me amenazaba con castigos terribles. Estuve castigada dos semanas por eso.
Con mis hermanos siempre discutía y algunas veces me liaba a golpes con ellos. Si papá estaba en casa me defendía y los regañaba por meterse con una niña. Aunque por su trabajo de músico en realidad siempre estaba en la calle. Quizá los mejores momentos de mi infancia hayan sido con él. Me gustaba su compañía porque contaba con paciencia infinita la trama del libro que estaba leyendo, me explicaba las letras de las canciones que le gustaban para que las cantara con él, me contaba alguna anécdota divertida de sus amigos, jugaba conmigo y me hacía reír hasta que me dolía el estómago.
Mi madre no buscaba acercarse a mí. Había mucha rivalidad entre nosotras. Le molestaba a rabiar que mi padre fuera amoroso conmigo y a mí me mataban los celos porque ella solo tenía ojos para sus hijos varones. Cuando andaba de buenas me pedía que me sentara con ella en el patio de la casa y mientras tejíamos me daba consejos sobre cómo debería comportarse una señorita decente, como debería cuidar mi virtud cuando tuviera novio y siempre insistía en que siendo una niña tan bonita debería ser inteligente y buscarme un hombre que tuviera futuro. No cometas el mismo error que yo, casándote con un bueno para nada.
Como mi padre pasaba mucho tiempo fuera y mi madre solo tenía ojos para sus hijos varones yo estaba siempre sola, sin alguien que me acompañara o me enseñara acerca de cosas de la vida. Pero no me quejo. Aprendí sola y aprendí bien. Me hice dura y pronto supe como manipular a la gente para que hicieran las cosas que yo quería. Dicen que las travesuras que hacía eran para llamar la atención de mi madre. No lo creo. Nunca me ha importado mucho lo que ella piense de mí.
Algunas veces me dejaba esperando afuera del colegio. Cuando ya se habían ido todos los demás niños y cerraban las puertas del cole sabía que mi madre ya no llegaría por mí y que era el momento de empezar a caminar de regreso a casa. Tenía 6 años y vivíamos como a una hora del colegio. Lo hacía a propósito. Era su manera de demostrarme que estaba molesta conmigo por algo que había hecho.
Quizá el recuerdo más hermoso de aquellos tiempos es Bartolo, el labrador color miel que me regaló mi padre. Ese perrito es el ser más cariñoso que ha existido en este planeta. Andaba todo el tiempo conmigo y me cuidaba para que nadie me hiciera daño. Era bellísimo y traía todo el tiempo la lengua de fuera. Brincaba de alegría en cuanto me veía llegar del colegio o de clases de ballet y yo jugaba con él y le rogaba a mi madre que lo dejara dormir conmigo porque pensaba que le daría miedo dormir sólito afuera de la casa.
Mi padre es un ser extraordinario, de carácter noble, cariñoso y tranquilo. Músico de toda la vida, que lo mismo recorre las cantinas con su guitarra que toca en la orquesta nacional. A él le da igual. Lo único que quiere es tocar sus melodías. Fue trotamundos en su juventud y ahora con la edad se ha hecho lector incansable de todo tipo de libros. Siempre tiene historias de aventuras en lugares lejanos con personajes maravillosos. No toma alcohol, nunca ha tomado, pero disfruta desvelarse en noches bohemias. Llora cuando se le mueren los amigos, quizá porque piensa que la muerte se le acerca, y yo lloro con él. Nunca ha hecho mucho dinero, pero tiene tantos y tan buenos amigos que los cuida y valora más que a toda la plata del mundo.
Mi madre, en cambio, es la mujer más amargada del universo. Una mujer profundamente religiosa, empecinada en que la gente viva como ella cree que se debe vivir. No sé de dónde o porqué se siente mujer de alta sociedad, porque a decir verdad su familia tampoco es rica. Ella dice que la falta de dinero es castigo de Dios por los pecados de mi padre. De mi infancia recuerdo a papá haciendo bromas a mamá y a ella la recuerdo hostigando a papá por holgazán y vago.
Tengo dos hermanos mayores, a los que mi madre ha dedicado la vida a mimar y consentir haciéndolos unos perfectos inútiles. Es una mujer muy machista y conservadora. Cree que la mujer debe dedicar su existencia a Dios y a atender a los hombres de su casa y eso lo aplica a la perfección con sus hijos varones, pero no con su marido. A papá no lo atiende como a mis hermanos.
Nunca fui la típica niña, o al menos no fui como eran mis amigas de aquél tiempo. Desde pequeña fui muy apegada a mi padre y busqué alejarme de todas las formas posibles de mi madre. Tuve grandes pleitos con ella cuando me pedía que les sirviera la comida a mis hermanos o que limpiara su habitación. ¡Que lo hagan ellos!
De pequeña creía tener los poderes de Ranma ½ y podía convertirme en niño o niña a placer. Mi madre se molestaba mucho porque yo pasaba el día en la calle jugando pelota con otros niños, trepando árboles o andando sin rumbo fijo en la bicicleta. Algunas veces me encerraba en mi habitación castigada por haber llegado tarde, con algún raspón en las piernas, o con la ropa mojada por haber nadado en el río, pero yo siempre lograba escaparme por la ventana y ella no se enteraba.
Alguna vez me dijo ¡Eres la desgracia de esta familia! Me enfurecí y le contesté con algo que sabía que le dolería: ¡Dios te castigó conmigo por algo muy malo que hiciste!. Me persiguió por toda la casa con un cinto en la mano. Logré encerrarme en mi habitación y no le abrí aunque golpeaba la puerta y me amenazaba con castigos terribles. Estuve castigada dos semanas por eso.
Con mis hermanos siempre discutía y algunas veces me liaba a golpes con ellos. Si papá estaba en casa me defendía y los regañaba por meterse con una niña. Aunque por su trabajo de músico en realidad siempre estaba en la calle. Quizá los mejores momentos de mi infancia hayan sido con él. Me gustaba su compañía porque contaba con paciencia infinita la trama del libro que estaba leyendo, me explicaba las letras de las canciones que le gustaban para que las cantara con él, me contaba alguna anécdota divertida de sus amigos, jugaba conmigo y me hacía reír hasta que me dolía el estómago.
Mi madre no buscaba acercarse a mí. Había mucha rivalidad entre nosotras. Le molestaba a rabiar que mi padre fuera amoroso conmigo y a mí me mataban los celos porque ella solo tenía ojos para sus hijos varones. Cuando andaba de buenas me pedía que me sentara con ella en el patio de la casa y mientras tejíamos me daba consejos sobre cómo debería comportarse una señorita decente, como debería cuidar mi virtud cuando tuviera novio y siempre insistía en que siendo una niña tan bonita debería ser inteligente y buscarme un hombre que tuviera futuro. No cometas el mismo error que yo, casándote con un bueno para nada.
Como mi padre pasaba mucho tiempo fuera y mi madre solo tenía ojos para sus hijos varones yo estaba siempre sola, sin alguien que me acompañara o me enseñara acerca de cosas de la vida. Pero no me quejo. Aprendí sola y aprendí bien. Me hice dura y pronto supe como manipular a la gente para que hicieran las cosas que yo quería. Dicen que las travesuras que hacía eran para llamar la atención de mi madre. No lo creo. Nunca me ha importado mucho lo que ella piense de mí.
Algunas veces me dejaba esperando afuera del colegio. Cuando ya se habían ido todos los demás niños y cerraban las puertas del cole sabía que mi madre ya no llegaría por mí y que era el momento de empezar a caminar de regreso a casa. Tenía 6 años y vivíamos como a una hora del colegio. Lo hacía a propósito. Era su manera de demostrarme que estaba molesta conmigo por algo que había hecho.
Quizá el recuerdo más hermoso de aquellos tiempos es Bartolo, el labrador color miel que me regaló mi padre. Ese perrito es el ser más cariñoso que ha existido en este planeta. Andaba todo el tiempo conmigo y me cuidaba para que nadie me hiciera daño. Era bellísimo y traía todo el tiempo la lengua de fuera. Brincaba de alegría en cuanto me veía llegar del colegio o de clases de ballet y yo jugaba con él y le rogaba a mi madre que lo dejara dormir conmigo porque pensaba que le daría miedo dormir sólito afuera de la casa.
domingo, 14 de julio de 2013
Hablemos de sexo
Hablemos de sexo, pero sin miedos ni complejos, conscientes de que todos tenemos deseos y curiosidad. Creo que todos, absolutamente todos tenemos fantasías sexuales. Para algunos serán imágenes de situaciones muy tiernas e inocentes y para otros quizá se trate de deseos un tanto subidos de tono pero, sin distinción, todos alguna vez hemos deseado e imaginado hacer algo con alguien. Mis fantasías por lo general son muy intensas y algunas de plano son inconfesables. A veces pienso que he fantaseado con casi todas las personas que conozco.
Si bien las fantasías no son malas he llegado a la conclusión que son mejores si se quedan en la imaginación, porque si se hacen realidad nunca va a ser tan bueno como lo pensabas. Por ejemplo, tuve un novio al que le propuse hacer un trío con otra mujer. Llevaba días dándole vueltas a la idea en mi cabeza y entre más lo imaginaba más se me antojaba. Su respuesta fue un rotundo ¡No! “Las relaciones íntimas son para demostrar amor a tu pareja.” Curioso, porque cualquiera habría pensado que la que debió haber dicho esas palabras era yo. Para mí el sexo es sexo y nada tiene que ver con el amor.
Él ya me había dado su respuesta y yo no tuve argumentos ni ganas para insistir. Le hice creer que compartía su manera de entender la relación de pareja y que lo mío había sido un lapsus brutus que desapareció por arte de magia. Por supuesto que no era verdad. Lo hice con una mujer y lo hice sin él. Desde entonces la fantasía del trío se desvaneció por completo. Comprendí que es más intensa una relación de dos personas y que involucrar a alguien más puede ser complicado.
También tuve mi época de exhibicionista. No pienses que andaba con una gabardina por la calle. No. Fue cuando instalaron internet en la casa porque mi madre pensaba que me ayudaría en las tareas del colegio. ¡No sabe lo que hizo! El internet fue algo muy grande para mí y creo que nunca lo debí haber descubierto. Se podría decir que fue la manzana que Eva me entregó. Me abrió los ojos a un mundo nuevo. Buscaba hoja de cálculo y aparecían mujeres culonas en la pantalla.
En ese tiempo tenía mucha curiosidad y pasaba horas en chats para adultos, hablando con extraños de todas partes del mundo. Conocí gente de todas las edades con manías y aficiones que ni siquiera sabía que existieran. Solía inventar cosas sobre mí, sobre mi cuerpo, mi edad, el color de mi piel, mi cabello, mis ojos y, por supuesto, inventaba y descubría mis propias aficiones. Algunas veces era una mujer casada, otras veces era una madre soltera que necesitaba dinero, o una stripper, mesera, rica, pobre, etc. Nunca daba datos reales para que no me ubicaran. Tenía largas conversaciones que por lo general eran muy excitantes.
En uno de esos chats hice buena amistad con un señor mayor. La misma noche que lo conocí tuvimos cybersexo y la pasamos bien. Desde entonces cada vez que me lo encontraba le mandaba mensajes traviesos y nos divertíamos juntos. En ese tiempo me hice de una cámara web y me sorprendí por las cosas que era capaz de hacer.
Descubrí que podría usar la cámara y seguir permaneciendo en el anonimato. Al principio los chicos del chat me pedían que hiciera cosas atrevidas, pero yo les mostraba muy poco, después fui agarrando valor y perdiendo el pudor. Hice todo. No creo que tenga que ser muy explícita acá. Esa fue mi etapa de exhibicionista. Un día un tipo quiso obtener beneficio con supuestas grabaciones y hasta ahí llegó mi aventura con la webcam.
En esa etapa del internet y el cybersexo desarrollé un sexto sentido que me permite ver el lado oscuro de la gente. También fue en esa época cuando empecé a escribir en mi diario una lista de las personas con las que me gustaría tener sexo.
Otra de mis fantasías era hacerlo en un lugar público y la cumplí por primera vez el día que nos estacionamos en la acera de una de las avenidas más transitadas de la ciudad y lo hicimos ahí, dentro del auto, con gente caminando junto a nosotros y una interminable fila de vehículos pasando lentamente por el otro lado.
Masoquismo y/o sadomasoquismo lo tolero hasta cierto límite. Me gusta mucho morder y que me muerdan, sobre todo la espalda. Una dosis adecuada de dolor es un condimento que le da más sabor al momento. También me gustan las personas dominantes, esas que con un buen beso te hacen saber que te quieren coger. Con el tiempo he aprendido que las personas tímidas tienen muchos deseos contenidos y no hay que descartarlas a la primera, porque son las que más se esfuerzan para complacerte. Sé que soy muy abierta en este aspecto y la verdad es que creo que estoy en la etapa en que el sexo ocupa gran parte de mis pensamientos y de mi vida.
Si bien las fantasías no son malas he llegado a la conclusión que son mejores si se quedan en la imaginación, porque si se hacen realidad nunca va a ser tan bueno como lo pensabas. Por ejemplo, tuve un novio al que le propuse hacer un trío con otra mujer. Llevaba días dándole vueltas a la idea en mi cabeza y entre más lo imaginaba más se me antojaba. Su respuesta fue un rotundo ¡No! “Las relaciones íntimas son para demostrar amor a tu pareja.” Curioso, porque cualquiera habría pensado que la que debió haber dicho esas palabras era yo. Para mí el sexo es sexo y nada tiene que ver con el amor.
Él ya me había dado su respuesta y yo no tuve argumentos ni ganas para insistir. Le hice creer que compartía su manera de entender la relación de pareja y que lo mío había sido un lapsus brutus que desapareció por arte de magia. Por supuesto que no era verdad. Lo hice con una mujer y lo hice sin él. Desde entonces la fantasía del trío se desvaneció por completo. Comprendí que es más intensa una relación de dos personas y que involucrar a alguien más puede ser complicado.
También tuve mi época de exhibicionista. No pienses que andaba con una gabardina por la calle. No. Fue cuando instalaron internet en la casa porque mi madre pensaba que me ayudaría en las tareas del colegio. ¡No sabe lo que hizo! El internet fue algo muy grande para mí y creo que nunca lo debí haber descubierto. Se podría decir que fue la manzana que Eva me entregó. Me abrió los ojos a un mundo nuevo. Buscaba hoja de cálculo y aparecían mujeres culonas en la pantalla.
En ese tiempo tenía mucha curiosidad y pasaba horas en chats para adultos, hablando con extraños de todas partes del mundo. Conocí gente de todas las edades con manías y aficiones que ni siquiera sabía que existieran. Solía inventar cosas sobre mí, sobre mi cuerpo, mi edad, el color de mi piel, mi cabello, mis ojos y, por supuesto, inventaba y descubría mis propias aficiones. Algunas veces era una mujer casada, otras veces era una madre soltera que necesitaba dinero, o una stripper, mesera, rica, pobre, etc. Nunca daba datos reales para que no me ubicaran. Tenía largas conversaciones que por lo general eran muy excitantes.
En uno de esos chats hice buena amistad con un señor mayor. La misma noche que lo conocí tuvimos cybersexo y la pasamos bien. Desde entonces cada vez que me lo encontraba le mandaba mensajes traviesos y nos divertíamos juntos. En ese tiempo me hice de una cámara web y me sorprendí por las cosas que era capaz de hacer.
Descubrí que podría usar la cámara y seguir permaneciendo en el anonimato. Al principio los chicos del chat me pedían que hiciera cosas atrevidas, pero yo les mostraba muy poco, después fui agarrando valor y perdiendo el pudor. Hice todo. No creo que tenga que ser muy explícita acá. Esa fue mi etapa de exhibicionista. Un día un tipo quiso obtener beneficio con supuestas grabaciones y hasta ahí llegó mi aventura con la webcam.
En esa etapa del internet y el cybersexo desarrollé un sexto sentido que me permite ver el lado oscuro de la gente. También fue en esa época cuando empecé a escribir en mi diario una lista de las personas con las que me gustaría tener sexo.
Otra de mis fantasías era hacerlo en un lugar público y la cumplí por primera vez el día que nos estacionamos en la acera de una de las avenidas más transitadas de la ciudad y lo hicimos ahí, dentro del auto, con gente caminando junto a nosotros y una interminable fila de vehículos pasando lentamente por el otro lado.
Masoquismo y/o sadomasoquismo lo tolero hasta cierto límite. Me gusta mucho morder y que me muerdan, sobre todo la espalda. Una dosis adecuada de dolor es un condimento que le da más sabor al momento. También me gustan las personas dominantes, esas que con un buen beso te hacen saber que te quieren coger. Con el tiempo he aprendido que las personas tímidas tienen muchos deseos contenidos y no hay que descartarlas a la primera, porque son las que más se esfuerzan para complacerte. Sé que soy muy abierta en este aspecto y la verdad es que creo que estoy en la etapa en que el sexo ocupa gran parte de mis pensamientos y de mi vida.
sábado, 13 de julio de 2013
Amores platónicos
El sábado fui a cenar con un amigo. La verdad es que se ha esforzado mucho por estar en mi vida y poco a poco ha ido ganando espacios que pensé imposibles. No es ningún adonis, ni siquiera es guapo, de hecho es gordo y sus facciones son toscas, pero es inteligente y tiene mucho carácter. Es mayor que yo y tiene una personalidad que me hace sentir protegida y segura. Dice que está enamorado de mí y quiere que vivamos juntos. Yo... no sé lo que siento por él.
No estoy enamorada, pero hay algo en él que me atrae. No es su dinero, que tiene y mucho. La verdad es que si no le conociera y lo viera en la calle no me interesaría en lo más mínimo. Además, él no me conoce bien, ni tiene idea de lo loca que puedo ser. Y bueno, también está mi maldita obsesión por no dejar que la gente se acerque mucho a mí para no hacer más daño, porque sé que soy muy inestable. Acabaría detestándole y la única alegría que encontraría sería romperle el corazón.
Reflexionando sobre esto recordé a alguien que fue muy importante para mí. Un tipo que era realmente hermoso, en su físico y en su personalidad. Lo conocí muy poco, hace mucho tiempo, cuando yo era todavía muy pequeñita. Desde que lo vi me impresionó. Era justo como había soñado a mi hombre ideal. Y, en ese caso fui yo la que hice hasta lo imposible por hacerme notar.
Iba a las fiestas donde sabía que estaría él, me hice amiga de sus amigos para estar cerca de él, hablaba de películas y videojuegos que sabía que a él le gustaban, le confesé a su mejor amigo mi enamoramiento haciéndole prometer que no le diría nada a nadie, pero secretamente tenía la esperanza de que se lo dijera a él. Me vestía y actuaba como una persona mayor para que no me viera como una niñita tonta. Leía poemas de amor que me hacían soñar con él y todas las canciones románticas estaban escritas para él.
Un día estábamos todos los chicos reunidos y sin decir agua va me besó y su beso me llevó hasta las nubes. Yo era virgen en ese tiempo y no tenía nada de experiencia con chicos. Nos encerramos en una habitación e hice todo lo posible por hacerlo feliz, pero él era rudo conmigo y no tenía paciencia. Al poco tiempo se aburrió y regresó a la otra habitación a jugar videojuegos con sus amigos. Nunca más mostró interés en mí, siguió con su vida y al poco tiempo supe que se andaba de novio con una mujer de su edad.
En secreto le juré amor eterno, porque en ese tiempo estaba segura de que lo amaría toda la vida. Aunque me casara con otro hombre, mi mente y mi cuerpo estarían siempre dispuestos para cuando él lo quisiera. Pensaba que algún día se daría cuenta de que yo era la mujer indicada para él y regresaría conmigo para siempre. Moriríamos viejitos amándonos como el primer día y alguien haría una película de nuestro romance.
Pasaron algunos años y tuve otras relaciones, aunque en realidad nunca logré comprometerme totalmente porque en mi interior yo estaba segura que el amor de mi vida me buscaría algún día, así que intentaba no hacer lazos con nadie, ni involucrarme demasiado. Con el tiempo dejó de ser importante para mí y se convirtió en un recuerdo de adolescencia que no tenía gran significado en mi vida.
Me vine a estudiar la universidad al DF y en algún intersemestral fui de vacaciones a la casa de mis padres. Busqué a mis amigos de siempre y salí con ellos de fiesta. Estábamos platicando de esto y de aquello cuando un tipo se acercó y me saludó con mucha familiaridad. Sonreí y le pregunté de dónde nos conocíamos. ¡Val, soy Antonio!
Madre de Dios. No era nada de lo que yo recordaba. Debo haberlo idealizado tanto que mi mente lo transformó en un ser increíblemente hermoso. Lo que tenía frente a mí eran los vestigios de una hermosa ilusión. El holocausto a mi más grande amor adolescente. Tuvimos que irnos del lugar porque era insoportable. Estaba ebrio, hablaba con vulgaridad y cuando me abrazaba me tocaba el trasero. Además olía a que se había comido un gato y para colmo tuvimos que pagar sus tragos porque cuando pedimos la cuenta se hizo ojo de hormiga.
Luego me contaron que la vida lo había tratado realmente mal. Había heredado la empresa de su padre, se había casado y tenía dos hijas. La empresa quebró, su esposa se fugó con el marido de su hermana, se llevó a las hijas y le quitó hasta el último centavo que le quedaba. Había tratado de rehacer su vida y se volvió a casar, la segunda esposa lo demandó porque no llevaba dinero a casa y había estado varias veces en prisión por fraude al fisco.
Me dio algo de compasión e intenté contactarlo varias veces pero nunca más di con él. Algunas veces pienso que esta historia pudo haber sido diferente si, en su momento, hubiera sabido lo que yo sentía por él. Aunque otras veces pienso que conmigo le pudo haber ido peor.
No estoy enamorada, pero hay algo en él que me atrae. No es su dinero, que tiene y mucho. La verdad es que si no le conociera y lo viera en la calle no me interesaría en lo más mínimo. Además, él no me conoce bien, ni tiene idea de lo loca que puedo ser. Y bueno, también está mi maldita obsesión por no dejar que la gente se acerque mucho a mí para no hacer más daño, porque sé que soy muy inestable. Acabaría detestándole y la única alegría que encontraría sería romperle el corazón.
Reflexionando sobre esto recordé a alguien que fue muy importante para mí. Un tipo que era realmente hermoso, en su físico y en su personalidad. Lo conocí muy poco, hace mucho tiempo, cuando yo era todavía muy pequeñita. Desde que lo vi me impresionó. Era justo como había soñado a mi hombre ideal. Y, en ese caso fui yo la que hice hasta lo imposible por hacerme notar.
Iba a las fiestas donde sabía que estaría él, me hice amiga de sus amigos para estar cerca de él, hablaba de películas y videojuegos que sabía que a él le gustaban, le confesé a su mejor amigo mi enamoramiento haciéndole prometer que no le diría nada a nadie, pero secretamente tenía la esperanza de que se lo dijera a él. Me vestía y actuaba como una persona mayor para que no me viera como una niñita tonta. Leía poemas de amor que me hacían soñar con él y todas las canciones románticas estaban escritas para él.
Un día estábamos todos los chicos reunidos y sin decir agua va me besó y su beso me llevó hasta las nubes. Yo era virgen en ese tiempo y no tenía nada de experiencia con chicos. Nos encerramos en una habitación e hice todo lo posible por hacerlo feliz, pero él era rudo conmigo y no tenía paciencia. Al poco tiempo se aburrió y regresó a la otra habitación a jugar videojuegos con sus amigos. Nunca más mostró interés en mí, siguió con su vida y al poco tiempo supe que se andaba de novio con una mujer de su edad.
En secreto le juré amor eterno, porque en ese tiempo estaba segura de que lo amaría toda la vida. Aunque me casara con otro hombre, mi mente y mi cuerpo estarían siempre dispuestos para cuando él lo quisiera. Pensaba que algún día se daría cuenta de que yo era la mujer indicada para él y regresaría conmigo para siempre. Moriríamos viejitos amándonos como el primer día y alguien haría una película de nuestro romance.
Pasaron algunos años y tuve otras relaciones, aunque en realidad nunca logré comprometerme totalmente porque en mi interior yo estaba segura que el amor de mi vida me buscaría algún día, así que intentaba no hacer lazos con nadie, ni involucrarme demasiado. Con el tiempo dejó de ser importante para mí y se convirtió en un recuerdo de adolescencia que no tenía gran significado en mi vida.
Me vine a estudiar la universidad al DF y en algún intersemestral fui de vacaciones a la casa de mis padres. Busqué a mis amigos de siempre y salí con ellos de fiesta. Estábamos platicando de esto y de aquello cuando un tipo se acercó y me saludó con mucha familiaridad. Sonreí y le pregunté de dónde nos conocíamos. ¡Val, soy Antonio!
Madre de Dios. No era nada de lo que yo recordaba. Debo haberlo idealizado tanto que mi mente lo transformó en un ser increíblemente hermoso. Lo que tenía frente a mí eran los vestigios de una hermosa ilusión. El holocausto a mi más grande amor adolescente. Tuvimos que irnos del lugar porque era insoportable. Estaba ebrio, hablaba con vulgaridad y cuando me abrazaba me tocaba el trasero. Además olía a que se había comido un gato y para colmo tuvimos que pagar sus tragos porque cuando pedimos la cuenta se hizo ojo de hormiga.
Luego me contaron que la vida lo había tratado realmente mal. Había heredado la empresa de su padre, se había casado y tenía dos hijas. La empresa quebró, su esposa se fugó con el marido de su hermana, se llevó a las hijas y le quitó hasta el último centavo que le quedaba. Había tratado de rehacer su vida y se volvió a casar, la segunda esposa lo demandó porque no llevaba dinero a casa y había estado varias veces en prisión por fraude al fisco.
Me dio algo de compasión e intenté contactarlo varias veces pero nunca más di con él. Algunas veces pienso que esta historia pudo haber sido diferente si, en su momento, hubiera sabido lo que yo sentía por él. Aunque otras veces pienso que conmigo le pudo haber ido peor.
viernes, 12 de julio de 2013
La otra Valeria está loca
Me parece que todos, de alguna manera, tenemos una doble vida: En mi caso soy dos mujeres. O una mujer con doble personalidad. Por lo que les he contado quizá crean que me conocen, pero en realidad solo he mostrado una parte de mí. La otra Valeria casi no se asoma porque está loca. Es reservada, tímida, aburrida, sufre ataques de pánico y se cree víctima de todo. Esas dos personas que soy viven en mí y aprendieron a convivir y a respetar sus espacios sin estorbarse ni hacerse daño.
Y sí, estoy loca. Créanme. Tengo algunas manías. Por ejemplo, cuando estoy harta de todo, salgo a caminar por horas y cuento historias de mi vida, como si las estuviera contando a alguien más. Cuando viajo en autobús leo los letreros de los comercios en voz alta y la gente me ve raro. Si hago pipí antes de dormir no tiro de la cadena porque creo que me traerá mala suerte.
Me obsesionan por igual la vida y la muerte. Me doy cuenta que la mayoría de la gente pasa la vida sin tener idea de lo que hace o para qué lo hace, sólo viven y pretenden que todo está bien o todo está mal. Como esos que se autocondicionan la felicidad: "Cuando tenga dinero, cuando sea mayor, cuando alguien me quiera, cuando tenga el valor, cuando deje el alcohol, cuando baje de peso, cuando consiga ese trabajo... cuando muera descansaré.".
Para mí cada día que amanece es como lanzar una moneda al aire. Lo que hoy me entusiasma puede que mañana lo deteste. Me dicen más los gestos de la gente cuando habla que las palabras que dicen. Casi siempre sonrío y asiento con la cabeza cuando alguien me habla, pero en realidad nunca les entiendo. Fantaseo con casi todos los que conozco y me enamoro si alguien me sonríe. Además tengo mis propias ideas y teorías sobre el sentido de la vida y he llegado a la conclusión de que me volví loca porque de niña comía hormigas.
A veces, cuando conozco gente nueva, trato de imaginar, por su manera de ser y su carácter, que tienen un lado oscuro y a todos les invento una vida alterna, donde son exactamente opuestos a lo que muestran en público. Los más débiles son los más fuertes, las más inocentes, son las más putas, los betas son alfas y así.
También me gusta inventar otras versiones de mí. Versiones mejoradas, por supuesto. Valeria, la abogada famosa. La atleta que gana todas las medallas. La millonaria que ayuda a los más pobres. La científica que cura el cáncer. La periodista que descubre el fraude. Todos me quieren y me admiran. Es patético. Lo sé. Me consuela pensar que el mundo está lleno de locos como yo, intentando pasar desapercibidos.
Cuando era niña me llevaron a terapia. El primer psicólogo dijo que todo sería confidencial, que no diría nada a mis padres de nuestras sesiones a menos que se tratara de algo muy grave. En ese tiempo yo era menor de edad y tenía un rollo con una mujer casada, ¿Se lo iba decir? Por supuesto que no. Empecé a mentir y a mentir hasta que no tuvo caso. Me sentía como en el confesionario inventando pecados ligeros, un novio imaginario y un amor imposible.
El psicólogo habló con mis padres. Les dijo que yo era la típica adolescente idealista y que mis inquietudes eran propias de una chica de mi edad. Mi madre, que en todo se mete, no se tragó el cuento y sospechó de inmediato. Le dijo que escarbara más, que yo no era tan inocente como parecía. Esa niña oculta algo. El doctor se negó y dijo que yo estaba perfectamente sana y esa actitud no ayudaría en nada a mi desarrollo emocional.
Tiempo después mamá me obligó a ir con una psicóloga. Una señora de unos 40 años, muy seria y de aspecto algo lúgubre que hablaba despacio y mantenía siempre una sonrisa hipócrita. Con ella me divertí haciéndole creer que yo era una ninfómana empedernida y me pasaba toda la sesión hablándole de experiencias sexuales que me inventaba en el momento. Ella insistía en hablar de otros temas pero yo le daba más detalles de lo que supuestamente había hecho. ¡Que risa ver su cara colorada y su bochorno!
Supe que todo se lo contaba a mi madre, porque empezó a vigilarme todo el tiempo. Entraba a mi habitación en los momentos más inoportunos y sin tocar la puerta. Me obligaba a ir a la iglesia y a rezar por las noches. Me compraba ropa infantil y me buscaba novio entre los chicos que iban a su clase de catecismo.
Un psiquiatra me recetó unos calmantes que me tenían todo el día idiota e incapaz para llevar una vida normal. Las pastillas las regalé a Juan, un amigo que siempre andaba metido en chismes de drogas. En fin, no necesité que me ajustaran las tuercas del coco hasta el asunto de T.
Y sí, estoy loca. Créanme. Tengo algunas manías. Por ejemplo, cuando estoy harta de todo, salgo a caminar por horas y cuento historias de mi vida, como si las estuviera contando a alguien más. Cuando viajo en autobús leo los letreros de los comercios en voz alta y la gente me ve raro. Si hago pipí antes de dormir no tiro de la cadena porque creo que me traerá mala suerte.
Me obsesionan por igual la vida y la muerte. Me doy cuenta que la mayoría de la gente pasa la vida sin tener idea de lo que hace o para qué lo hace, sólo viven y pretenden que todo está bien o todo está mal. Como esos que se autocondicionan la felicidad: "Cuando tenga dinero, cuando sea mayor, cuando alguien me quiera, cuando tenga el valor, cuando deje el alcohol, cuando baje de peso, cuando consiga ese trabajo... cuando muera descansaré.".
Para mí cada día que amanece es como lanzar una moneda al aire. Lo que hoy me entusiasma puede que mañana lo deteste. Me dicen más los gestos de la gente cuando habla que las palabras que dicen. Casi siempre sonrío y asiento con la cabeza cuando alguien me habla, pero en realidad nunca les entiendo. Fantaseo con casi todos los que conozco y me enamoro si alguien me sonríe. Además tengo mis propias ideas y teorías sobre el sentido de la vida y he llegado a la conclusión de que me volví loca porque de niña comía hormigas.
A veces, cuando conozco gente nueva, trato de imaginar, por su manera de ser y su carácter, que tienen un lado oscuro y a todos les invento una vida alterna, donde son exactamente opuestos a lo que muestran en público. Los más débiles son los más fuertes, las más inocentes, son las más putas, los betas son alfas y así.
También me gusta inventar otras versiones de mí. Versiones mejoradas, por supuesto. Valeria, la abogada famosa. La atleta que gana todas las medallas. La millonaria que ayuda a los más pobres. La científica que cura el cáncer. La periodista que descubre el fraude. Todos me quieren y me admiran. Es patético. Lo sé. Me consuela pensar que el mundo está lleno de locos como yo, intentando pasar desapercibidos.
Cuando era niña me llevaron a terapia. El primer psicólogo dijo que todo sería confidencial, que no diría nada a mis padres de nuestras sesiones a menos que se tratara de algo muy grave. En ese tiempo yo era menor de edad y tenía un rollo con una mujer casada, ¿Se lo iba decir? Por supuesto que no. Empecé a mentir y a mentir hasta que no tuvo caso. Me sentía como en el confesionario inventando pecados ligeros, un novio imaginario y un amor imposible.
El psicólogo habló con mis padres. Les dijo que yo era la típica adolescente idealista y que mis inquietudes eran propias de una chica de mi edad. Mi madre, que en todo se mete, no se tragó el cuento y sospechó de inmediato. Le dijo que escarbara más, que yo no era tan inocente como parecía. Esa niña oculta algo. El doctor se negó y dijo que yo estaba perfectamente sana y esa actitud no ayudaría en nada a mi desarrollo emocional.
Tiempo después mamá me obligó a ir con una psicóloga. Una señora de unos 40 años, muy seria y de aspecto algo lúgubre que hablaba despacio y mantenía siempre una sonrisa hipócrita. Con ella me divertí haciéndole creer que yo era una ninfómana empedernida y me pasaba toda la sesión hablándole de experiencias sexuales que me inventaba en el momento. Ella insistía en hablar de otros temas pero yo le daba más detalles de lo que supuestamente había hecho. ¡Que risa ver su cara colorada y su bochorno!
Supe que todo se lo contaba a mi madre, porque empezó a vigilarme todo el tiempo. Entraba a mi habitación en los momentos más inoportunos y sin tocar la puerta. Me obligaba a ir a la iglesia y a rezar por las noches. Me compraba ropa infantil y me buscaba novio entre los chicos que iban a su clase de catecismo.
Un psiquiatra me recetó unos calmantes que me tenían todo el día idiota e incapaz para llevar una vida normal. Las pastillas las regalé a Juan, un amigo que siempre andaba metido en chismes de drogas. En fin, no necesité que me ajustaran las tuercas del coco hasta el asunto de T.
jueves, 11 de julio de 2013
Yo, sin etiquetas
Siempre tuve dudas que me carcomían el alma. Las cosas que imaginaba y deseaba me hacían sentir culpable, como si hubiera algo malo en mí. Fue una época de caos, de temor a mí misma, a que se me notara, a ser descubierta y juzgada por mi familia y amigos.
Pensaba que era lesbiana porque me gustaba ver mujeres y soñaba romances imposibles con compañeras del colegio. Sé que esto no me pasaba por casualidad. De pequeña había jugado al amor con mis primas. Nos habíamos tocado y besado, pero había sido solo un juego, nunca algo sentimental. Además, éramos tan pequeñas que ni siquiera sabíamos bien lo que hacíamos o hasta dónde podíamos llegar con esos juegos.
A los catorce años me expulsaron del colegio por besar a una chica. Una experiencia que me marcó para toda la vida. No sólo porque me descubrieron, sino porque el juicio más duro fue el de mi mamá. Como consecuencia pasé un tiempo en el internado del Sagrado Corazón de Jesús. Un lugar muy oscuro y triste que es utilizado para disciplinar niñas rebeldes, pero que iluminó para mí, con amor maternal, obsesivo e ilícito, la madre Eudith.
Cuando regresé a casa estaba decidida a hacer a un lado mi deseo prohibido. El temor a ser descubierta nuevamente era más grande que mi curiosidad. Solo pensar lo que diría mi madre me deprimía al punto de no querer vivir. También estaba la cuestión de la sociedad, siempre dispuesta a señalar, acusar y juzgar con ideologías retrógradas. Pero bueno, la verdad es que esto que me pasaba ni yo misma lo comprendía.
Por otra parte, también me sentía atraída por los hombres mayores que yo. Nunca me interesaron los chicos de mi edad, así que durante un tiempo me enfoqué solamente en los hombres, intentando dormir esa parte de mí que sentía atracción hacia las mujeres. Pero es que tampoco había muchas oportunidades de hacer realidad mis deseos. ¿A quién le iba a pedir que experimentara conmigo?
Internet me dio otra perspectiva de las cosas y la oportunidad de explorar mi sexualidad de una manera diferente. Pasaba noches enteras en chats para adultos. A esa edad ya tenía la imaginación muy desarrollada y me inventaba personajes que a los hombres les gustaban. Eso sí, si había otra mujer en la sala intentaba llamar su atención descaradamente. Era difícil, porque la mayoría de los que estaban ahí eran hombres, los demás eran hombres que se hacían pasar por mujeres y las que sí eran mujeres dudaban que yo fuera mujer. De cualquier manera mis noches ahí eran divertidas y excitantes.
Una de esas noches conocí en el chat a LaReinaCarapan. Una mujer mayor que yo, pero que pensaba como yo y vivía en la misma ciudad. Mentí sobre mi edad para que no me rechazara. Al principio desconfiaba un poco de mí, pero la conversación fue agradable y todo salió bien. La noche siguiente regresé al chat y ahí estaba ella, esperándome. Platicamos esa noche y muchas noches más. Hablábamos de todo, de cualquier cosa, no solo de sexo, sino de cosas de nuestra vida, nuestros días, nuestros gustos y hasta de hombres, libros y telenovelas.
Un día dijo que quería conocerme y propuso encontrarnos en algún lugar. La idea me frikeó mucho porque hasta entonces había querido mantenerme en el plano cibernético, donde todo es fantasía. Además ella era mayor que yo. Intenté un par de evasivas pero al final no pude negarme. Había buena química entre nosotras, me sentía muy identificada con ella y también quería ver cómo era físicamente. Le dije a mi madre que después del colegio iría a estudiar a la casa de una amiga. Sabía que cuando se trataba de asuntos de la escuela nunca me negaba los permisos.
Caminé unas tres cuadras desde el colegio hasta el lugar donde habíamos quedado. Iba cargando el bolso con los libros escolares y hacía un calor de los mil demonios. Cuando llegué tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor y estuve a punto de darme la vuelta e irme a casa, pero encontré el Nissan rojo bajo la sombra de un árbol y quise echar un vistazo antes.
Pasé un par de veces junto al auto, intentando verla desde afuera pero la sombra del árbol reflejaba mi imagen y no me permitía ver el interior. Finalmente me armé de valor, abrí la puerta del pasajero, tiré el bolso en el asiento trasero y me senté junto a ella temblando de nervios.
Tendrías que haber visto su cara de asombro. Pero qué... ¿Qué pasa? Sabía que reaccionaría así. Había mentido sobre mi edad y además en ese tiempo tenía el cabello muy corto -como lo usaba la madre Eudith- que me hacía ver aún más joven. Le supliqué que nos fuéramos de ahí porque podría llegar mi mamá. Arrancó el auto y avanzó sin prisa, como dudando si no sería mejor darme una patada en el trasero y librarse de mí.
Condujo hasta un parque muy alejado porque yo temía que alguien me reconociera. Estaba segura que si me veían con ella inmediatamente sabrían que algo se estaba cocinando ahí. Cuando detuvo el auto me miró durante unos minutos, como si no lo pudiera creer, después me interrogó como agente de la Gestapo.
-Soy bastante mayor de lo que parezco -dije, con seriedad. -La gente siempre lo comenta. Tengo cara de niña.
-¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho -mentí.
Se echó a reír. Era obvio que estaba muy nerviosa. Intenté tranquilizarla diciéndole que en realidad no estábamos haciendo nada malo. Solo queríamos conocernos y platicar. Al menos no soy la mata viejitas. Me miró y reímos a carcajadas. Fue entonces cuando me atreví a verla a los ojos. Era delgada, de piel blanca pero con el cabello negro alborotado, cejas muy pobladas pero muy bien arregladas, ojos aceituna, labios color rosa, dientes muy blancos y una sonrisa por la que te quieres morir.
-¿Por qué estás aquí? ¿Tienes problemas?
-Uff... Muchos.
-¿Tienen arreglo?
-Creo que no -respondí. -Estaba pensando en eso cuando venía para acá.
-Quizá pueda ayudarte en algo. -dijo -Quizá no sea tan difícil.
-No puedes ayudarme. -dije con una sonrisa -Así que no le demos más vueltas. Estoy harta de que la gente me juzgue y me gustaría que me contaras cosas alegres.
Estuvimos ahí, en su automóvil platicando de esto y de aquello hasta que empezó a oscurecer. Me llevó de regreso al colegio y cuando se detuvo le pregunté si la volvería a ver. Sacó un par de anillos de la guantera y dijo Soy casada.
Nos vimos tres veces más en el mismo lugar. De su marido nunca dijo nada y yo no quise preguntar. El chat fue sustituido por el teléfono. Pasábamos horas hablando de mil cosas. Mis padres me regañaban porque ocupaba la línea todo el tiempo. Eso sí, cuando quería hablar de sexo ella se hacía la tonta y le daba la vuelta a la conversación. No quiero ir a la cárcel por caliente. Evitaba el tema, y lo evitó hasta que ya no fue posible.
La siguiente vez que nos vimos hicimos lo de rutina: Yo tenía que estudiar. Ella pasaba por mí al colegio y nos íbamos al parque. Ahí, en su auto me besó por primera vez. Un beso muy tierno con sabor a fresa. Había gente caminando junto a nosotras pero no nos importó. Entre besos me preguntó si me estaba gustando y mi respuesta fue besarla con más pasión.
Tomé su mano entre mis manos y la llevé bajo la falda de mi uniforme. ¿Estás segura? Quise decirle que no estaba segura de nada pero en lugar de eso acaricié torpemente sus senos. Inmediatamente inició una exploración frenética y deliciosa en mi entrepierna. Su lengua jugaba con la mía, sus dedos acariciaban mi humedad y yo me sentía en las nubes con las mejillas coloradas y muy calientes. Tenemos que irnos de aquí. Arrancó el vehículo y condujo unos veinte minutos hasta su casa.
Vivía en una zona de gente rica. Entró a la casa con la seguridad de que no había nadie y me llevó a su dormitorio. Se sentó en la cama y me miró en silencio. Quizá esperaba librarse de cualquier culpa si yo daba el primer paso. La niña fue la que empezó todo, señor juez. Caminé por la habitación inspeccionando la decoración y acariciando la tela de los muebles con las yemas de los dedos. En el tocador había una foto de ella con su marido.
-Es guapo. ¿Lo amas?
-Sí. Es un hombre muy bueno.
-¿Entonces?
-Soy rara. Lo amo, pero también podría enamorarme de ti.
Cerré las cortinas y apagué las luces. Ámame como dijiste que lo harías. Esa tarde La Reina Carapan coronó a su princesa. Nunca olvidaré su mirada cuando asomó su rostro entre mis piernas, tenía en los labios una sonrisa maliciosa, como diciendo te voy a llevar al cielo.
Regresé a casa de noche con una alegría en el alma que me duró semanas. Deseaba pasar más tiempo con ella pero cada vez era más difícil vernos. En casa dije que por las tardes tomaría clases privadas de español e historia con una señora que se llamaba Ana porque no encontraba otro pretexto para justificar mi amistad con una mujer mayor, así que teníamos que vernos en su casa o en el parque, siempre a escondidas y las excusas de los estudios no podían ser todos los días. Eran tiempos extraños porque vivíamos en una constante paranoia de ser descubiertas.
Ella me enseñó que no soy lesbiana, ni bisexual. Simplemente soy yo, sin etiquetas, capaz de hacer lo que yo quiera y vivir tranquila con eso. Todo es perfecto cuando nada te importa.
Pensaba que era lesbiana porque me gustaba ver mujeres y soñaba romances imposibles con compañeras del colegio. Sé que esto no me pasaba por casualidad. De pequeña había jugado al amor con mis primas. Nos habíamos tocado y besado, pero había sido solo un juego, nunca algo sentimental. Además, éramos tan pequeñas que ni siquiera sabíamos bien lo que hacíamos o hasta dónde podíamos llegar con esos juegos.
A los catorce años me expulsaron del colegio por besar a una chica. Una experiencia que me marcó para toda la vida. No sólo porque me descubrieron, sino porque el juicio más duro fue el de mi mamá. Como consecuencia pasé un tiempo en el internado del Sagrado Corazón de Jesús. Un lugar muy oscuro y triste que es utilizado para disciplinar niñas rebeldes, pero que iluminó para mí, con amor maternal, obsesivo e ilícito, la madre Eudith.
Cuando regresé a casa estaba decidida a hacer a un lado mi deseo prohibido. El temor a ser descubierta nuevamente era más grande que mi curiosidad. Solo pensar lo que diría mi madre me deprimía al punto de no querer vivir. También estaba la cuestión de la sociedad, siempre dispuesta a señalar, acusar y juzgar con ideologías retrógradas. Pero bueno, la verdad es que esto que me pasaba ni yo misma lo comprendía.
Por otra parte, también me sentía atraída por los hombres mayores que yo. Nunca me interesaron los chicos de mi edad, así que durante un tiempo me enfoqué solamente en los hombres, intentando dormir esa parte de mí que sentía atracción hacia las mujeres. Pero es que tampoco había muchas oportunidades de hacer realidad mis deseos. ¿A quién le iba a pedir que experimentara conmigo?
Internet me dio otra perspectiva de las cosas y la oportunidad de explorar mi sexualidad de una manera diferente. Pasaba noches enteras en chats para adultos. A esa edad ya tenía la imaginación muy desarrollada y me inventaba personajes que a los hombres les gustaban. Eso sí, si había otra mujer en la sala intentaba llamar su atención descaradamente. Era difícil, porque la mayoría de los que estaban ahí eran hombres, los demás eran hombres que se hacían pasar por mujeres y las que sí eran mujeres dudaban que yo fuera mujer. De cualquier manera mis noches ahí eran divertidas y excitantes.
Una de esas noches conocí en el chat a LaReinaCarapan. Una mujer mayor que yo, pero que pensaba como yo y vivía en la misma ciudad. Mentí sobre mi edad para que no me rechazara. Al principio desconfiaba un poco de mí, pero la conversación fue agradable y todo salió bien. La noche siguiente regresé al chat y ahí estaba ella, esperándome. Platicamos esa noche y muchas noches más. Hablábamos de todo, de cualquier cosa, no solo de sexo, sino de cosas de nuestra vida, nuestros días, nuestros gustos y hasta de hombres, libros y telenovelas.
Un día dijo que quería conocerme y propuso encontrarnos en algún lugar. La idea me frikeó mucho porque hasta entonces había querido mantenerme en el plano cibernético, donde todo es fantasía. Además ella era mayor que yo. Intenté un par de evasivas pero al final no pude negarme. Había buena química entre nosotras, me sentía muy identificada con ella y también quería ver cómo era físicamente. Le dije a mi madre que después del colegio iría a estudiar a la casa de una amiga. Sabía que cuando se trataba de asuntos de la escuela nunca me negaba los permisos.
Caminé unas tres cuadras desde el colegio hasta el lugar donde habíamos quedado. Iba cargando el bolso con los libros escolares y hacía un calor de los mil demonios. Cuando llegué tenía la ropa pegada al cuerpo por el sudor y estuve a punto de darme la vuelta e irme a casa, pero encontré el Nissan rojo bajo la sombra de un árbol y quise echar un vistazo antes.
Pasé un par de veces junto al auto, intentando verla desde afuera pero la sombra del árbol reflejaba mi imagen y no me permitía ver el interior. Finalmente me armé de valor, abrí la puerta del pasajero, tiré el bolso en el asiento trasero y me senté junto a ella temblando de nervios.
Tendrías que haber visto su cara de asombro. Pero qué... ¿Qué pasa? Sabía que reaccionaría así. Había mentido sobre mi edad y además en ese tiempo tenía el cabello muy corto -como lo usaba la madre Eudith- que me hacía ver aún más joven. Le supliqué que nos fuéramos de ahí porque podría llegar mi mamá. Arrancó el auto y avanzó sin prisa, como dudando si no sería mejor darme una patada en el trasero y librarse de mí.
Condujo hasta un parque muy alejado porque yo temía que alguien me reconociera. Estaba segura que si me veían con ella inmediatamente sabrían que algo se estaba cocinando ahí. Cuando detuvo el auto me miró durante unos minutos, como si no lo pudiera creer, después me interrogó como agente de la Gestapo.
-Soy bastante mayor de lo que parezco -dije, con seriedad. -La gente siempre lo comenta. Tengo cara de niña.
-¿Cuántos años tienes?
-Dieciocho -mentí.
Se echó a reír. Era obvio que estaba muy nerviosa. Intenté tranquilizarla diciéndole que en realidad no estábamos haciendo nada malo. Solo queríamos conocernos y platicar. Al menos no soy la mata viejitas. Me miró y reímos a carcajadas. Fue entonces cuando me atreví a verla a los ojos. Era delgada, de piel blanca pero con el cabello negro alborotado, cejas muy pobladas pero muy bien arregladas, ojos aceituna, labios color rosa, dientes muy blancos y una sonrisa por la que te quieres morir.
-¿Por qué estás aquí? ¿Tienes problemas?
-Uff... Muchos.
-¿Tienen arreglo?
-Creo que no -respondí. -Estaba pensando en eso cuando venía para acá.
-Quizá pueda ayudarte en algo. -dijo -Quizá no sea tan difícil.
-No puedes ayudarme. -dije con una sonrisa -Así que no le demos más vueltas. Estoy harta de que la gente me juzgue y me gustaría que me contaras cosas alegres.
Estuvimos ahí, en su automóvil platicando de esto y de aquello hasta que empezó a oscurecer. Me llevó de regreso al colegio y cuando se detuvo le pregunté si la volvería a ver. Sacó un par de anillos de la guantera y dijo Soy casada.
Nos vimos tres veces más en el mismo lugar. De su marido nunca dijo nada y yo no quise preguntar. El chat fue sustituido por el teléfono. Pasábamos horas hablando de mil cosas. Mis padres me regañaban porque ocupaba la línea todo el tiempo. Eso sí, cuando quería hablar de sexo ella se hacía la tonta y le daba la vuelta a la conversación. No quiero ir a la cárcel por caliente. Evitaba el tema, y lo evitó hasta que ya no fue posible.
La siguiente vez que nos vimos hicimos lo de rutina: Yo tenía que estudiar. Ella pasaba por mí al colegio y nos íbamos al parque. Ahí, en su auto me besó por primera vez. Un beso muy tierno con sabor a fresa. Había gente caminando junto a nosotras pero no nos importó. Entre besos me preguntó si me estaba gustando y mi respuesta fue besarla con más pasión.
Tomé su mano entre mis manos y la llevé bajo la falda de mi uniforme. ¿Estás segura? Quise decirle que no estaba segura de nada pero en lugar de eso acaricié torpemente sus senos. Inmediatamente inició una exploración frenética y deliciosa en mi entrepierna. Su lengua jugaba con la mía, sus dedos acariciaban mi humedad y yo me sentía en las nubes con las mejillas coloradas y muy calientes. Tenemos que irnos de aquí. Arrancó el vehículo y condujo unos veinte minutos hasta su casa.
Vivía en una zona de gente rica. Entró a la casa con la seguridad de que no había nadie y me llevó a su dormitorio. Se sentó en la cama y me miró en silencio. Quizá esperaba librarse de cualquier culpa si yo daba el primer paso. La niña fue la que empezó todo, señor juez. Caminé por la habitación inspeccionando la decoración y acariciando la tela de los muebles con las yemas de los dedos. En el tocador había una foto de ella con su marido.
-Es guapo. ¿Lo amas?
-Sí. Es un hombre muy bueno.
-¿Entonces?
-Soy rara. Lo amo, pero también podría enamorarme de ti.
Cerré las cortinas y apagué las luces. Ámame como dijiste que lo harías. Esa tarde La Reina Carapan coronó a su princesa. Nunca olvidaré su mirada cuando asomó su rostro entre mis piernas, tenía en los labios una sonrisa maliciosa, como diciendo te voy a llevar al cielo.
Regresé a casa de noche con una alegría en el alma que me duró semanas. Deseaba pasar más tiempo con ella pero cada vez era más difícil vernos. En casa dije que por las tardes tomaría clases privadas de español e historia con una señora que se llamaba Ana porque no encontraba otro pretexto para justificar mi amistad con una mujer mayor, así que teníamos que vernos en su casa o en el parque, siempre a escondidas y las excusas de los estudios no podían ser todos los días. Eran tiempos extraños porque vivíamos en una constante paranoia de ser descubiertas.
Ella me enseñó que no soy lesbiana, ni bisexual. Simplemente soy yo, sin etiquetas, capaz de hacer lo que yo quiera y vivir tranquila con eso. Todo es perfecto cuando nada te importa.
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