miércoles, 18 de septiembre de 2013

La primera vez

Me preguntaron si había fumado antes y para no verme ñoña dije que sí. Me pasaron un porrito y lo empecé a fumar como si fuera un cigarro, pero sin inhalar el humo. Tenía catorce años, todos se burlaban de mí y yo no entendía por qué. Estábamos en una construcción abandonada. Uno de los chicos mayores me sentó sobre sus piernas y con paciencia me enseñó como se debe furmar la marihuana.

Cuando empezaba a inhalar el humo me decía "No pares, no pares.... ¡Métele el turbo!" Cuando ya no me cabía más humo en los pulmones me decía que lo retuviera ahí hasta que no aguantara más y entonces sí, lo dejara ir. Al quinto intento me empezó la risa estúpida y en algún momento el tiempo se hizo lento. Todos me miraban muy divertidos y yo me reía con ellos.

Los más experimentados estaban como si nada, pero yo sentía que un ojo se me iba a un lado y el otro ojo hacia el otro lado. Cuando empezó a oscurecer me dio algo de ansiedad y decidí que era hora de irme a casa. Uno de los chicos se ofreció a acompañarme. Quizá me vio en mal estado.

Íbamos caminando en la banqueta y yo sentía que la calle se estiraba como una liga. En algún momento pude verme a mí misma, con mi uniforme del colegio, arrastrando la bolsa de libros y el chico caminando junto mí. Me di cuenta que estaba totalmente drogada. Me entró pánico. Mamá se dará cuenta. Me preocupé mucho y empecé a llorar. Verme llorar me hizo reírme de mí misma, así que lloraba y reía al mismo tiempo. Una locura.

El chico dijo que era mejor esperar un rato a que se me pasara el efecto. Entró a una pequeña tienda y regresó con un bote de agua y una bolsa de papas fritas. Toma, para ti. Estaba tomando agua cuando se detuvo un auto junto a nosotros. Volteamos al mismo tiempo y vimos que era una patrulla. El chico me dijo "Quédate tranquila y no digas nada.". Las papitas crujían deliciosas en mi boca.

El policía preguntó qué hacíamos ahí, dónde vivíamos, cómo nos llamábamos, en qué escuela estudiábamos y no sé cuantas cosas más. El chico habló con él y el policía nos dejó ir porque le prometimos que ya no andaríamos vagando y que iríamos directo a casa.

El chico me acompañó dos cuadras más y después esperó en la esquina hasta que me vio entrar a mi casa. Mamá y papá estaban en la sala. Los saludé como si nada y me encerré en mi habitación. A media noche me desperté muerta de hambre. Juré que no lo volvería a hacer.

Al chico que me acompañó no lo volví a ver jamás. No supe quién era ni me acuerdo de su nombre. Pregunté por él a los chicos que estuvieron aquella tarde en la construcción pero nadie supo de quien hablaba. En el colegio corrió el rumor de que yo me metía a los terrenos baldíos a fumar marihuana y tener sexo con toda clase de chicos. Me dio rabia, pero no los desmentí porque los chicos mayores se fijaron en mí y me invitaban a las fiestas. Además, todos me veían con curiosidad y cierto respeto.