viernes, 13 de septiembre de 2013

La fiesta

Llego vestida de antro a una fiesta que no es fiesta. Es una pequeña reunión casera. Diez o doce personas máximo. Maldición. Esta mañana, en la universidad, me abordó un chico para invitarme a una fiesta. Y aquí estoy, y él no está, y apenas llegué y ya quiero salir huyendo.

Pasé horas de angustia pensando qué ponerme hasta que una chica de la pensión me prestó algo de ropa. La minifalda negra apenas me cubre el trasero y estoy segura que el escote de la blusa debe estar prohibido en algunos países. Parezco puta de mercado. En la oscuridad del antro y entre tanta gente nadie lo notará. -me dijo. De noche todos los gatos son pardos ¿O no?. Pues no. Ni está oscuro, ni es un antro. Es una casa de familia y todos los gatos me miran a mí. Demonios. Es incómodo.

Los últimos días han sido terribles. No conozco a nadie en esta ciudad. Vivo en una casa miserable con gente horrible que come caldo de patas de pollo. Para poder venir a la "fiesta" tuve que escapar por una ventana de la habitación porque la señora de la casa, mejor conocida como 'Bruja Dos' -la Uno es mi mamá-, ha prohibido las salidas después de las nueve de la noche.

Lo más jodido es que el taxi que me trajo hasta acá cobró una pequeña fortuna y me ha dejado sin dinero. Seguramente se dio cuenta que soy de provincia. - ¿Por dónde me voy, señorita? ¡Y yo cómo demonios voy a saber!

Bueno, ya estoy aquí. Es la oportunidad de hacer amigos. A eso vine ¿No? Saludo a todos con una sonrisa mientras me siento en un lugar apartado intentando controlar los nervios. En el sillón encuentro un pequeño cojín rojo que utilizo para taparme las piernas, pero también como escudo para ocultar las inseguridades.

Tan pronto como reanudan la plática me doy cuenta que papá sería feliz con estos chicos. Hablan de libros antiguos y sus autores antiguos mientras toman vino caro y fuman como si en eso les fuera la vida. De todas las fiestas que hay este fin de semana me invitaron a la más aburrida. Un chico me ofrece algo de tomar y entre las opciones elijo el tequila. Necesito algo fuerte para relajarme. Son las 10:40.

A las 11:20 ya he tomado ocho tequilas. Una chica muy delgada, de ojos grandes y cabello marrón se acerca con una sonrisa en los labios. Me pregunta si me siento bien. Cualquiera diría que te quieres acabar todo el alcohol antes de que termine la noche. Su comentario me parece ofensivo. Le contesto de mala manera que allá de donde vengo la gente toma mucho alcohol, así que estoy acostumbrada.

Mi actitud no le gusta. Su sonrisa desaparece. Se queda con cara de que tenía planeado decir algo más pero ya no se atreve. Se da media vuelta y se va al comedor donde está un grupo de chicos. Quizá fui un poco grosera con ella.

Antes de media hora ya estoy borracha como una cuba. Debe ser por la altura de la ciudad. El aparato de música toca una canción que conozco. ¡Suede! Voy hasta el parlante, me quito los tacones y me pongo a bailar. Nada muy llamativo, solo un pequeño movimiento de cadera al ritmo de la música, mientras tarareo... "Oh, here they come, the beautiful ones, the beautiful ones... la, la, la, la..."

Cuando acaba la canción voy a la cocina por otro tequila pero no encuentro por ningún lado la botella. Dicen que se acabó. Es sospechoso. Creo que la escondieron. Me doy cuenta de que cuando hablo todos se quedan callados y me observan como a un bicho raro. Me siento mal. En lugar de estar haciendo amigos estoy haciendo el ridículo.

Voy a las escaleras que van al segundo piso. Subo dos o tres escalones y me siento a observar los grupos de gente que hay aquí y allá. Al primer chico que pasa frente a mí le pregunto si me puede conseguir un vodka. Ya no hay. ¿Whisky? Tampoco. ¿Seguro que ya no hay tequila? Escucho risas y una frase que termina con “…la Chupitos” Todos ríen. ¿De mí? No lo sé, pero verlos reír me hace gracia y río con ellos.

Un chico joven al que le dicen el flaco me mira insistentemente desde su lugar. Habla con sus amigos pero no deja de verme. Es obvio que quiere algo conmigo. Le sonrío y se anima. Viene a sentarse en la escalera, junto a mí. El cabello engominado y la ropa impecable le dan aspecto pulcro. Además huele bien. Se ve que dedica tiempo a su imagen. Eso me gusta.

Extiende la mano para ofrecerme su copa de tinto. La acepto gustosa y me la tomo de un tirón. Antes de decirme su nombre o querer saber el mío me pregunta qué hay con el piercing que traigo en el labio. Le digo que no hay nada interesante en esa historia. Lo quería y me lo puse. Es todo.

El flaco dice que él sí tiene una historia interesante para contar. Con voz pausada me cuenta que seres de otro planeta le enseñaron a convertir el agua de mar en combustible y ahora tiene que esconderse porque agentes del gobierno lo buscan para eliminarlo. Lo observo mientras me explica cómo son los extraterrestres y no logró decidir si está loco o alguna droga lo tiene así, pero en realidad parece inofensivo. Además hacer un amigo, aunque sea un lunático, es mejor que nada. Le sonrió y trato de concentrarme en lo que dice.

Cuando termina su historia le digo que yo de extraterrestres nada. A cambio le cuento que lo más bizarro que he vivido en la vida ha sido la plática que me dio mi padre sobre la pornografía, el amor y el sexo. ¿Tu papá? Sí. Resulta que poco antes de venir al DF, mi mamá hizo inspección de rutina en mi habitación aprovechando que yo estaba en el colegio.

Como no encontraba nada para incriminarme le pidió a mi hermano mayor que revisara la computadora y de inmediato hallaron unos vídeos porno. No eran películas completas sino pequeños vídeos de 3 ó 4 minutos. Además, eran de lo más light. O sea, parejas hombre-mujer que se hacían sexo oral y penetración, pero nada de pinzas, azotes ni cosas raras.

Pues nada, que eso fue suficiente para que se desatara el infierno en casa. Mamá gritaba maldiciones, mi hermano sonreía divertido, papá hablaba con seriedad, tratando de parecer más duro de lo que realmente es, y yo estaba en shock porque pensaba que habían descubierto mi vídeo con los chicos del colegio. Cuando comprendí que todo el rollo era por esos vídeos tan ñoños me dio un ataque de risa que acabó con la paciencia de mamá y en lo que te lo cuento terminé viviendo en una pensión de la Ciudad de México. Muy lejos de casa.

El flaco tiene la boca abierta y yo no sé que más decir. Hay un silencio incómodo.  Sus ovnis ya no son tan importantes. Se aclara la garganta y pregunta tartamudeando qué es eso del vídeo con los chicos del colegio. De esa historia no hay mucho que decir, así que sólo le cuento que un día de vagancia con los chicos se nos ocurrió que podíamos hacer una fortuna grabando vídeos porno. Hicimos sólo uno. Tres chicos y yo. Actuamos copiando lo que veíamos en internet. La grabación quedó muy chula pero del dinero no hubo nada y yo seguía tan pobre como aquel día.