domingo, 11 de agosto de 2013

Amor cruel

A este chico lo conocí en la empresa donde estaba haciendo el servicio social. Él era un ejecutivo medio y yo era la chica que sacaba copias, repartía correspondencia, servía café, atendía las reuniones, corregía la ortografía de mi jefe y en fin, hacía un poco de todo. Tenía la obligación de ir dos horas diarias, pero cuando empecé a tontear con él me quedaba más tiempo haciéndole compañía. Era muy moreno, con cuerpo de gimnasio, voz fuerte y aunque tenía personalidad dura era bastante agradable.

Me apasionaba esa actitud de estar siempre en control de la situación y aunque suponía que él estaría interesado en mujeres de su edad, era algo así como mi chico ideal: maduro, establecido y con una idea clara de lo que quiere, pero también tenía muy claro que lo nuestro era diversión pasajera.

Para cuando terminé mi servicio social ya teníamos una relación de pareja y fue cuando empecé a conocerlo mejor, porque ya lo veía fuera del ambiente de oficina, sin el traje de ejecutivo y sin la pose de todo está bien. No le gustaba ir a mi apartamento porque siempre estaban mis amigos y él no se sentía cómodo. Decía que le parecían bobos y pensé que era normal por la diferencia de edades, así que era yo la que lo iba a ver a su apartamento y algunas noches me quedaba con él.

Ahí, en su apartamento, descubrí que era pedorro compulsivo. La primera vez se disculpó. "Perdón, se me salió.". La segunda vez me miró y se río nerviosamente. La tercera vez ya ni se molestó en disimular. Giró la cadera y se aventó uno de lo más sonoro. Atrás habían quedado los días en que se iba al baño a echarse las flatulencias. Su recámara, sus sábanas y almohadas estaban impregnadas de un olor fétido y añejo. Un día rocié la habitación con desodorante ambiental y fue peor. El olor a burritos de chorizo con frijoles y aguacate se mezcló con brisa tropical. Un asco.

A él le costaba mucho trabajo alcanzar el orgasmo, lo cual no es necesariamente malo, pero para mí era frustrante. A las pocas semanas me preguntó si estaría interesada en hacer un trío con él y su amigo. Le dije que me diera tiempo para pensarlo pero se puso tan necio e insistente que terminé diciéndole que no lo haría. Se enfureció, dejó de hablarme durante varios días y luego volvió como si nada.

En una fiesta de la empresa y con algunas copas de por medio me señaló una por una a las mujeres de la oficina con las que se quería acostar. Aseguraba que podía llevarse a la cama a cualquiera de ellas pero que no lo hacía porque me quería y que yo debería agradecerle que me hubiera escogido a mí, porque algunas de ellas eran mejores que yo en muchos aspectos. Yo no sabía si estaba bromeando o lo decía en serio, pero en todo caso no le dije nada porque estaba borracho y no quise hacer una escena delante de todos.

Las cosas empezaron a empeorar. El sexo duraba horas y no paraba hasta llegar al orgasmo aunque yo le dijera que me estaba lastimando y le suplicara que no fuera tan violento. Si yo me negaba a tener sexo se enfurecía. Me dejaba de hablar y no paraba de echarse pedos, como para castigarme. Por supuesto yo tenía que disculparme por no corresponder a su “cariño” como debería.

Al poco tiempo me confesó que veía porno todo el tiempo. Yo, la verdad, no tengo problemas con la pornografía, de hecho un par de años atrás junto con unos amigos habíamos filmado una película casera que supuestamente nos haría millonarios, pero esa es otra historia. La cuestión acá es que él me contó con orgullo que aunque se masturbaba dos o tres veces al día viendo porno en la oficina aún le sobraban energías para tener sexo maratónico conmigo por las noches.

A partir de entonces las películas porno se hicieron parte de nuestro ritual en la cama y aunque él me ignoraba por completo o interrumpía el coito varias veces para poner otra película, al final no estuvo tan mal, porque terminaba más rápido y yo podía descansar.

Después de una larga plática sobre la importancia de la honestidad en la pareja me interrogó sobre todos y cada uno de los hombres con los que me había acostado, quién, a qué edad, qué tal estuvo, donde fue, me gustó o no me gustó, qué posición, cuanto aguantaban, como tenían el miembro y en fin, hasta el más mínimo detalle. A partir de entonces entró en una implacable competencia con todos esos fantasmas de mi pasado  y yo tenía que decirle que ninguno había sido tan bueno, ni tan grande, ni tan potente como él.

Un fin de semana se quedó en mi apartamento y me di cuenta que no se bañó desde el viernes que llegó hasta el lunes por la mañana que se fue. Yo, que soy maniática de la limpieza, pensé que era algo terrible pero peor aún fue que por la noche intentó meterse a la cama de mi amiga Floramia. A la mañana siguiente lo acusó y él lo negó. Estúpida yo, para no hacer problema le dije a Floramia "No te enojes. Le gustas porque estás rebonita." Lo perdoné porque era estupida pero nunca más lo invité a quedarse con nosotras.

Pensé que era mi culpa que él le hubiera hecho eso a Floramia, porque no podía satisfacer su imperiosa necesidad sexual, así que la solución que encontré fue separar a mi novio de mi amiga. Él consideraba su cuerpo un templo, no usaba desodorante ni perfume y en una ocasión, después de mucho negociar, tuve que intercambiar una sesión de sexo oral que duró una hora y media y que me dejó un fuerte dolor en la quijada a cambio de que se rasurara el pubis.

En otra ocasión me contó que algunas veces se masturbaba en la oficina, con todo el mundo a su alrededor y dejaba que su semen se secara en su ropa interior porque le gustaba saber que otras personas olían su sexo. Él tenía la teoría de que las mujeres se excitan cuando huelen la masculinidad del hombre. Según él esa teoría la había comprobado varias veces conmigo, porque algunas noches que dormimos juntos él se había masturbado junto a mí dejando que se secara el semen en su entrepierna y a la mañana siguiente yo le había hecho sexo oral. Lo que no cuadra en su teoría es que era él quien me despertaba por la mañana para que se lo hiciera y no dejaba de insistir hasta que yo aceptaba aunque en realidad me daba un asco tremendo porque tenía sabor agrio.

Aunque sabía que mis amigas hablaban sobre mi situación no les conté nada porque sabía lo que me dirían y no quería escucharlo. Sentía que él me amaba y la idea de dejarlo me atormentaba. La bomba explotó cuando Floramia me recordó que debía cuatro meses de la renta del apartamento que compartíamos y ella no estaba dispuesta a cubrir mis deudas considerando que todo el dinero lo gastaba en mi novio. Él no quería gastar porque estaba ahorrando para comprarse otro auto así que yo pagaba los tragos en el bar, las entradas del cine, las pizzas o las películas en el Blockbuster a pesar de que yo vivía con el dinero que me mandaban mis padres y él vivía de su trabajo.

Por el dinero empezaron las discusiones que siempre terminaban con él culpándome a gritos y yo llorando en silencio. Finalmente terminó el semestre en la universidad y me fui de vacaciones de verano a la casa de mis padres. Después de un par de semanas de estar incomunicada me armé de valor, le llamé por teléfono y terminé con él.

Un par de días después me fui a la playa con mis primos y él se presentó sin avisar a la casa de mis padres. Encontró a mi mamá sola y le contó con exageración muchas cosas de mi vida en la capital, la mala influencia de mis amigos, las drogas y lo promiscua que yo era. Le dijo que a mis diecinueve años yo había tomado un mal camino, pero que me quería mucho y estaba dispuesto a perdonarme todo si yo regresaba y tenía un noviazgo honorable con él.

Mi madre, que es muy conservadora pero que tiene un instinto de protección que no le conozco a nadie más, dice que nada más verlo supo que estaba mal de la cabeza. Le ofreció té, le permitió que dijera lo que tenía que decir y cuando terminó le dijo “Permítame un segundo, señor”. Tomó el teléfono y frente a él le llamó a mi padre y con tono sereno dijo “Busca a los muchachos y vengan armados.”