miércoles, 17 de julio de 2013

El héroe de la mañana

El agua estaba calientita y yo pensaba en lo rico que es meterse a la ducha después de hacer ejercicio. Porque eso sí, mi madre me enseñó que una señorita debe bañarse, arreglarse y perfumarse todos los días aunque no tenga intenciones de salir, ni espere recibir a alguien en casa. “Las visitas pueden llegar en cualquier momento y no querrás que piensen que eres un animalito salvaje ¿O sí?”
En aquél tiempo me importaba poco lo que pensara la gente. Odiaba bañarme y me tenían que llevar a rastras a la ducha. Una vez que me metían el problema era sacarme de ahí, porque el agua estaba caliente y afuera hacía tanto frío que ya no quería salir. Además, jugar en la bañera era de lo más divertido.
Cerré el paso del agua y sacudí mi cuerpo para librarme de la mayor cantidad de agua. Junté mi cabello, lo exprimí, tomé la toalla y la jalé hacia mí. Vi de reojo que algo brincó y cayó dentro de la ducha. El instinto me hizo resguardarme en cuclillas en la esquina más apartada de aquella “cosa” y limpiar rápidamente mis ojos con la toalla.
Cuando me di cuenta de lo que era la piel se me puso de gallina y pensé que me desmayaría. Una enorme tarántula negra y peluda estaba justo en la puerta de la ducha. Grité, temblé y lloré. No se movía. Le hice shuu… shuuu… mientras que con una punta de la toalla intentaba asustarla. No se movía. El terror de que me brincara encima me ponía los pelos de punta. Los cinco o diez minutos que estuvimos ahí, yo intentando que se quitara, ella ignorándome, fueron eternos.
Le decía con llanto “Por favor, señora tarantulita, déjeme salir… por favor.” Pero se quedaba quieta, moviendo los pedipalpos como si estuviera tramando algo. Con las piernas temblorosas logré levantarme. Cogí la barra de jabón y la aventé cerca de ella. ¡Se movió! Mis gritos deben haber despertado a todos en el edificio. Se instaló en la pared, junto a la llave del agua. Lentamente empecé a moverme, con el cuerpo pegado a la pared. Paso a pasito. El teléfono celular empezó a sonar pero estaba en la recámara y no lo podía contestar.
Logré llegar a la puerta de la ducha, abrí e intenté salir corriendo, pero al poner el pie fuera de la ducha me resbalé y caí haciendo un split casi perfecto. No me importó, me levanté de inmediato, salí y cerré la puerta de la ducha. Juro que podía sentir las patas de la tarántula en mi cuerpo. Corrí al vestidor, corrí a la recámara, regresé al vestidor, regresé a la recámara. Estaba desnuda, dando vueltas como loca. Alguien llamó a la puerta, corrí hasta ella, me asomé por la mirilla y vi a Rubén, mi vecino. ¡Rubén! Fui por la bata de baño, con mucha dificultad logré ponérmela, corrí por las llaves, regresé a la puerta, quité el cerrojo y le abrí.
-¡Rubén! -Grité con lágrimas en los ojos.
-¿Qué pasa, mujer? Mi esposa me ha dicho que escuchó gritos y que no atiendes el teléfono.
El pobre de Rubén todavía tenía la marca de la almohada en el cabello, venía en pijamas y traía un bate de béisbol en la mano.
-Que me muero, Rubén. Me muero. -Temblaba como si tuviera el mal de Parkinson.
-¿Pero qué es lo que pasa? ¿Te han hecho daño? –Preguntaba mientras se asomaba al interior del apartamento levantando amenazadoramente el bate.
-¡Hay una tarántula gigante en mi ducha, Rubén!
-¿Pero qué dices, Valeria?
-Sí, una tarántula como de este tamaño, negra, peluda y asquerosa. ¡Tienes que sacarla de aquí!
Se me quedó viendo con incredulidad durante unos segundos. Empezó a sonreír y me hizo sentir la más tonta del planeta, aunque su mirada también consiguió hacerme sentir protegida y segura. En ese momento me di cuenta que estaba delante de un hombre, semidesnuda, sin una gota de maquillaje, con el cabello relamido y llorando ridículamente. Intenté componerme y parecer serena, aunque mis manos todavía temblaban.
-¿Tienes una escoba? –Me preguntó.
-Sí, en el patio, junto a la cocina. ¿Qué vas a hacer, Rubén?
-Matarla. ¿Qué más? ¿Dónde está la tarántula?
-Está en la ducha, pero no la puedes matar. Tienes que sacarla y llevarla al monte.
-¿Qué dices, mujer? A esos bichos hay que matarlos antes de que le piquen a alguien.
-Pues no. Te la llevas y la dejas en el monte. –Dije con autoridad.
-¿Y cómo pretendes que haga eso? ¿Me la subo al cuello y me la llevo?
-No, por supuesto que no. Pero tiene que haber una manera. Llamemos a los protectores de animales para que vengan a buscarla.
-Pero bueno, niña, no te das cuenta que en este país apenas tenemos policías de a pie. Y si les llamas se van reír de ti.
Entró al baño y lo escuché decir “Sí es una tarántula y sí está enorme. Yo no tocaré esa cosa.”
En ese momento llegó Marcela, la esposa de Rubén, acompañada de otra vecina a la que siempre saludo pero que nunca he sabido su nombre. Querían saber lo que estaba pasando. Les expliqué agregando un poco de drama para no quedar tan mal y las dos me decían “Mi niña, que susto debes haber pasado.”
La gente del edificio que a esas horas salía al trabajo o a dejar a los hijos a la escuela empezó a asomarse a mi apartamento para enterarse de lo que pasaba. No los culpo. Este lugar es muy tranquilo y nunca pasa nada, pero cuando pasa es porque entraron a robar o porque alguien murió.
Hubiera preferido que me dieran tiempo de arreglarme, ponerme un poco de maquillaje y ropa adecuada para la situación, sin embargo con tanta gente en el apartamento, asomándose al baño y queriendo conocer de primera mano el ataque de la tarántula gigante no me quedó más que sacar mis dotes histriónicas y contarles cada detalle, dramatizando la parte donde “se me quedaba viendo y hacía sus manitas así…”.
El hijo de una vecina, un niño de unos 8 años salió de mi baño, vestía uniforme del colegio, traía una sonrisa en el rostro y la tarántula caminándole en el brazo. “Estas arañitas no hacen nada.” Su mamá dio un grito ahogado. Todos nos apartamos de él como si tuviera lepra.
-Sácala de aquí. ¡Llévatela, por favor!
-Hace cosquillitas. –Dijo el héroe de la mañana mientras salía del apartamento con su madre a cierta distancia de él diciéndole “Pero cómo se te ocurre, esa cosa te puede matar…”.