martes, 4 de julio de 2017

Blanco espumoso

Nos acercamos a la entrada del restaurante. Le indico a la hostess que quiero comprar un par de botellas de un vino que probé meses antes en ese mismo lugar. No recuerdo el nombre del vino, pero era, blanco, espumoso, italiano y tenía una etiqueta blanca, con letras negras y un gran escudo rojo en medio. Le dije que no lo tomaríamos ahí, sino que queríamos las botellas para llevar a casa.
La señorita llamó a un mesero, le repitió mi pedido y este se fue a la barra a hablar con el barman. A los pocos minutos regresó con una botella en la mano. Me alegré porque era la misma que andaba buscando. Eso sí, el corcho se veía dañado, como si hubieran intentado abrir la botella. Le pregunté qué onda y me explicó que el barman pensó que era para servirla en alguna mesa del restaurante y estuvo a punto de abrirla.

Las burbujitas del líquido estaban enloquecidas dentro de la botella y claramente se veía que salía un poco de gas por la rotura del corcho. Le dije al mesero que no importaba, que me la llevaba así, pero que quería otra más, por favor. Y me sale con que era la última. No había más. Iba a decirle que mejor no, que gracias, que ya no la quería, porque todo el show de comprar ese vino era porque la vez pasada que lo tomamos nos puso muy cachondas y esta vez mi mente puerca estaba planeando una encerrona en el departamento, con música, plática rica, vino blanco espumoso, plumas y toda la cosa. Jeje. Le digo que no sea malito, que revise la bodega a ver si encuentra más, pero dice que no, que de verdad señito, es la última que nos queda. Bueno pues ya qué, me llevaré esta nada más.

Le pregunto cuánto es de la botella y me dice que 4 mil pesos. WTF! 4 mil? El mes pasado que estuve en ese mismo restaurante nos tomamos 4 botellas y la cuenta fue de 8 mil, o sea, a 2 mil cada una! Ahora ya cuesta el doble? Insiste que sí, que ese es el precio y que lo tengo que pagar porque ya está abierta la botella. Le digo que no mame, que eso es una locura. Un abuso. ¡Yo no pedí que la abrieran! Empezamos a discutir. Se acerca la hostess a pedirnos que no hagamos escándalo. La mando a chingar a su madre. Viene el gerente y se arma tal discusión que intervienen los comensales. Unos a favor, otros en contra. 

Llegan los de seguridad del centro comercial, uno de ellos ve que estoy muy alterada y me toma fuerte del brazo. Le suplico que me suelte, que me está lastimando pero al mismo tiempo quiero reventarle la botella en la cabeza. Empiezo a llorar. Siento que voy a terminar en prisión por cuzca. Me despierto. La habitación está oscura. Tengo el brazo izquierdo entumecido y el corazón a mil por hora. Me doy cuenta que estaba soñando. Deben ser las 3 o 4 de la mañana.

Me quedo un rato despierta, dándole vueltas a este sueño tan loco. De verdad que estoy rependeja. ¿De dónde saco estas cosas? No tengo departamento. No tengo pareja. No tomo vino, ni whiskey, ni cerveza... ¡Y mucho menos pagaría 2 mil por una botella, ni cuentas de 8 mil pesos! Jeje. ¿Qué demonios pasa conmigo?