viernes, 22 de agosto de 2014

La vida sin hijos

No era usual verlos en el restaurante, pero eran de la zona y a veces me los encontraba paseando al perro en las calles de la Condesa. Eran una pareja que andaban en los cuarenta y tantos años y tenían un hijo un poco menor que yo. Él chico era agradable y se parecía mucho a su padre. Cuando me tocaba atenderlos los saludaba como si los conociera de toda la vida, les hacía una breve charla para hacerlos sentir bienvenidos y luego preguntaba qué querían ordenar.

Un sábado por la noche llegaron al restaurante sin el hijo. Después de cenar se tomaron varias botellas de vino tinto y se les veía muy animados. Cuando pidieron la cuenta se me ocurrió preguntar qué estaban festejando. ¡La vida sin hijos! dijo él, casi gritando. La esposa aplaudió y el esposo río a carcajadas. Así fue como me enteré que el hijo se había ido a estudiar al extranjero.

Me pareció un buen motivo para festejar, así que les regalé dos copas de vino de la casa (una marranilla horrible que Pepe daba de cortesía cuando la cuenta era grande), serví un poquito para mí y brindé con ellos. Intenté venderles otra botella de vino pero ellos preferían seguir la fiesta en algún bar cercano.

En ese tiempo me la pasaba de fiesta en fiesta y exceso en exceso, así que bromeando les dije que quizá me los encontraría más tarde, cuando terminara mi turno. Sin pestañear la esposa comentó que iban al Leonor y que sería genial que me encontrara con ellos ahí. Me pareció un poco raro que me invitara pero no le di importancia, todo el tiempo coincidía con clientes del restaurante en los bares de la Condesa.

El Leonor era un antro muy exclusivo que estaba a dos cuadras de la pizzería. Les comenté que ese antro estaba muy lejos de mi alcance. ¡Era demasiado caro! Pero entonces él dijo ¡Deberías ir! Por el dinero no te preocupes. La vamos a pasar increíble y después podemos seguir la fiesta en casa. ¡Tenemos alcohol como para abrir una farmacia! Eso me tomó por sorpresa. Nunca esperé que la conversación fuera en esa dirección. Solo sonreí y mientras limpiaba la mesa les dije que lo pensaría.

El marido sacó la billetera para pagar la cuenta y yo salí volando de ahí. Esperé a que se fueran, pero seguían en la mesa platicando de quién sabe qué. Regresé para preguntar si todo estaba bien y recoger las copas vacías del último vino. La esposa se levantó de su asiento y dijo con voz un poco ebria "Si vienes yo me encargo de que pases una noche que nunca podrás olvidar". El señor me dio una palmadita en el trasero y dejó quinientos de propina. Luego se fueron.

Si hubieran dicho que la farmacia también tenía químicos tal vez me hubiera animado.