miércoles, 25 de septiembre de 2013

Valeria, la justiciera

Me pareció ver unos ojitos tristes. Busqué a mi alrededor y ahí estaban. Puse atención a la conversación y escuché algo que me dejó los pelos de punta. No se te pueden estar muriendo los parientes a cada rato. No podía ver la cara de la jefa, pero parecía furiosa. El chico intentaba decir algo pero ella no paraba de hablar.

Al final acordaron que el chico iría al funeral de su abuelo pero le descontarían el día y tendría que doblar turno la próxima semana sin goce de sueldo adicional. Los ojitos tristes se dieron cuenta que yo estaba atenta a lo que pasaba y su humillación fue peor.

Mientras la jefa daba su sermón el chico me veía y con la mirada me decía que no me preocupara, que todo estaba bien, que estaba acostumbrado al maltrato, pero yo en cambio lo miré con ojos de yo te apoyo, estoy contigo, y además le sonreí con una promesa: Si por un error de la naturaleza mueres antes de tiempo, regresaré para asumir el manto de la justicia y asegurarme de que esa nazi mexicana obtenga lo que se merece.

Creo que entendió el mensaje, porque en sus labios se dibujó una breve sonrisa. Me alegré pensando que algún día contaré a mis nietos la historia de este chico, para que conozcan los valores escenciales de la vida y crezcan fuertes, inteligentes y con una clara idea de lo que es respetar los sentimientos de las personas. Y ellos a su vez se asegurarán de que esa pestilente basura no tenga la más mínima esperanza de ser perdonada en las generaciones por venir.

Salí de la librería caminando con paso firme, convencida de que era capaz de cambiar el mundo para mejor. Llevaba prisa. Me urgía llegar a casa para empezar a hacer mi plan justiciero. Lo primero sería investigar el nombre de la mujer, su dirección, su horario, sus filias y fobias. ¡Tengo que poner todo esto por escrito! Me armé de valor, bajé las escaleras de la estación del metro y aguanté los pellizcos y toqueteos dentro del vagón hasta la estación La Salle.