lunes, 2 de septiembre de 2013

Pizza de peperoni

Cuando le entrego el cambio pregunto si necesita recibo fiscal. ‘Sólo si trae escrito tu número de teléfono’. Me pongo nerviosa. Sonrío coqueta y me alejo de ahí a toda prisa. Desde la cocina lo veo salir de la pizzería. Es un hombre delgado, usa ropa elegante y peinado impecable. Se ve mayor. Debe tener unos cincuenta años. Nada mal. La siguiente noche regresa al restaurante. Reviso su comanda anterior. Espero que elija una mesa y voy a atenderlo. ¿Pizza de pepperoni a la leña y tinto? Sus ojos profundos me indican que recibió mi mensaje: ¡Sé lo que te gusta! Sonríe satisfecho. Cuando termina de cenar pide la cuenta. La pizza ni la tocó. Sólo tomó vino. Le llevo la nota. La revisa. Me mira con decepción. Deja un billete en la mesa. ‘El cambio es tuyo’. Cuando sale arruga la nota y la tira a la basura. Demonios. El fin de semana regresa. Voy a su mesa. ¿Pizza de pepperoni y tinto? ‘No. Sólo tinto’. Su loción huele genial. A los 20 minutos pide otra copa de tinto y la cuenta. Dejo el recibo en su mesa con mi nombre y mi número de teléfono escrito en la parte superior. Me alejo de ahí moviendo las caderas. Hace tiempo aprendí que el lenguaje más importante de una mujer está en sus caderas. Llego a mi apartamento pasadas las dos de la mañana. Estoy exhausta. Suena el teléfono. Es él. ‘Quiero verte’. ¿A esta hora? Es muy tarde. ‘Ven a mi hotel’. Es peligroso salir sola a esta hora. ‘Voy a buscarte’. Ok. Ven. Le doy mi dirección. Una hora después me llama desde el taxi. Está afuera del edificio. Le digo que suba. Traigo puesto un pijama pequeñito que sé que le gustará. Al entrar me abraza muy fuerte y me muerde el cuello. Sonrío. Esto va a estar bueno. En ese momento me doy cuenta que no sé su nombre. ¿Cómo te llamas? No contesta. Me mira en silencio. Un segundo después tira de mi cabello. Me gira. Me inclina sobre el respaldo del sofá. Pero qué demonios... Arranca el pantaloncillo de mi pijama. Me azota el trasero con la palma de la mano derecha. Ahora con la izquierda. Una y otra vez. Tengo las nalgas al rojo vivo. Tengo miedo. No me muevo ni me resisto. Cierro los ojos. Pienso en T. La extraño. La extraño mucho. Si voy a morir quiero que sea con su imagen en mi mente. No puedo detener las lágrimas. Dos días después regresa al restaurante. Elige una mesa y voy a atenderlo. Todavía me duele el trasero. ¿Pizza de pepperoni? Sus ojos profundos me indican que está contento conmigo. Aún no sé su nombre.