domingo, 1 de septiembre de 2013

Maldición, que puto frío

La clase de periodismo gráfico es hasta la tarde. Apenas es mediodía y hace un frío de los mil demonios. No tengo nada que hacer hasta las 6. Voy al lugar apartado entre los edificios de la facultad donde siempre están los rechaz, los que viven al margen porque no les gusta socializar con otros entes. Van ahí entre clases a jugar pelota y fumar hierba. Algunas veces llegan parejitas a coger escondidos entre los árboles, pero nadie se mete con ellos. Encuentro a Juan. Lo saludo y antes de lo que se los estoy contando me enciende un porrito. Maldición, que puto frío. Descubrí ese lugar gracias a Floramia. Al principio me daba un poco de corte que me vieran con ellos, pero ahora es donde más cómoda me siento. El flaco con rastas que está junto a mí nos avisa que algo pasa y señala hacia un edificio. Un idiota está tomándonos fotos. El flaco se levanta, se saca el miembro del pantalón y lo hace girar moviendo las caderas. Reímos a carcajadas. Algunos gritan improperios hasta que el tipo de la cámara se va. Me acuesto en el pasto y busco calor abrazando al chico que está junto a mí. El día está gris. Gris triste. Los demás hablan de cosas que no entiendo pero sus voces me arrullan. Juan me despierta. Me pregunta si quiero ir con él a comprar algo de comer. También tengo hambre. Vamos. Camino tras él hasta el estacionamiento y nos vamos en su auto. Enciende otro porro y me ofrece un jale. No debería porque ya estoy bien ahumada, pero qué más da. Abro la ventanilla para que entre un poco de aire fresco y salga un poco de humo. Nos detenemos en un semáforo. El policía del crucero se nos queda viendo. Juan hace contacto visual con él. Lo piensa unos segundos y mueve su gordo trasero hacia nosotros. Paranoia. Apago el porro con saliva y lo escondo en mi abrigo. El humo… Dios mío. A prisión otra vez. Mamá me va a matar. El oficial golpea la puerta con los nudillos. El corazón me late en la garganta. Juan abre un poco la ventana. “El cinturón de seguridad es obligatorio. Úsenlo.”. Sí, oficial. Clic, clic. Luz verde. Avanzamos a velocidad moderada para no levantar sospechas. Llegamos a una estación de servicio. Mientras Juan carga combustible yo voy al baño. Me siento en el retrete y enciendo lo que queda del porro. Apenas da para dos o tres toques más. Pienso en T. Las cosas con ella no han estado bien últimamente. Cuando se acaba el porrito tiro la colilla al piso y la apago con el pie. Intento salir del baño pero la puerta está atorada. Empujo fuerte pero no cede. Una patada, dos. Nada. ¡Auxilio! Estoy atrapada. Un empleado de la estación asoma la cabeza. “La puerta abre hacia adentro, señorita.”.  Oooh. Paso a la tienda por sándwiches y café. La cajera se queda sin cambio y se tarda una eternidad en conseguirlo. Juan toca el claxon. Es hora de regresar a la universidad. Soy la última en llegar a clase. El profe dice con sarcasmo “Vaya, te estábamos esperando.”, apaga las luces y enciende el proyector. Se ilumina la sala y veo en la pared la imagen del flaco con rastas sacudiendo el miembro junto a mi cara sonriente. “Hoy vamos a hablar sobre la importancia de estar preparados para captar imágenes en el momento perfecto.”.