lunes, 16 de septiembre de 2013

La venganza

Me despierta papá. Quiere las llaves del auto. Me quedo cinco minutos más en la cama. Estos días en el colegio han sido extenuantes. Hace mucho calor. Estoy sudando. La vejiga llena me obliga a levantarme para ir al baño. Me meto desnuda a la ducha. Abro la llave de la regadera y hago pis parada frente al chorro de agua. Placer de dioses.

Veo como se junta el líquido amarillo con el agua corriente y se me ocurre que debería proponerle a Ana que me haga una lluvia dorada. Se reirá y dirá que estoy loca, como siempre, pero estoy segura que aceptará. Cuando sale el último chorrito me doy cuenta que debo dejar esa idea en paz porque terminaré más caliente que un rinoceronte en celo.

Termino de ducharme. Me pongo ropa fresca y salgo a buscar a mis padres. No encuentro a nadie en la sala ni en la cocina. ¿Mamá? ¿Papá? Nada. No hay señales de vida en toda la casa. Deben estar en misa de doce. Es mi oportunidad.

Mi hermano mayor lleva días tramando algo. En realidad siempre ha sido un idiota pero ahora anda más raro que de costumbre. Me mira de manera sospechosa y hace comentarios fuera de lugar, como anoche que les estaba contando sobre Ana, la "maestra" que me da clases privadas de español y de la nada preguntó "¿Es tu maestra o tu novia?". Mamá le dio un zape y le ordenó que no dijera estupideces, pero internamente se encendieron foquitos de alarma. Es como si alguien le estuviera contando cosas de mí. Necesito saber qué pasa y tener armas para defenderme.

Voy a su habitación y enciendo la computadora. No hay nada. Sólo cosas del colegio. Reviso su clóset, sus cajones, su ropa, sus zapatos. Encuentro billetes enrollados en una bota, pero nada más, ni siquiera una revista porno. Demonios. Nadie puede ser tan santo. Levanto el colchón de la cama y encuentro dos cuadernos de mi diario. Me quiero morir. Maldito infeliz. Mi sangre hierve y tiemblo de coraje. Esto es guerra. Mi mente empieza a trabajar a toda máquina. Debo vengarme. ¿Cómo? Me queda menos de media hora para hacer algo.

Regreso a su computadora y lo suscribo a un sitio gay con su nombre real, su foto, su perfil de Facebook y de paso incluyo el teléfono de la casa. Aprovecho y borro todos sus documentos de la escuela. Voy bien, pero no es suficiente. Necesito que alguien le patee el trasero. Cuando estoy borrando la última carpeta llega una solicitud de amistad al Facebook. ¡Tiene la sesión abierta!

Busco entre sus amigos y encuentro a Karen. Le escribo: Tienes el mejor culo de esta ciudad, lástima que tu novio sea un zopenco. Llámame si quieres estar con un hombre de verdad. L. Torres. Siguen llegando solicitudes de amistad a su Facebook. Quizá son las del sitio gay. Jeje. Las acepto todas.

Voy hasta la cocina y encuentro un pescado enorme en el congelador. Lo llevo a su habitación y lo escondo debajo del colchón, donde estaban mis cuadernos. Mañana este lugar olerá a meados de satanás. Antes de que lleguen junto todos los álbumes de fotos familiares en mi habitación. Esta noche destruiré toda evidencia de la niñez de ese bastardo.

Aún quedan unos minutos. Me siento en silencio a meditar. Todo esto apenas ha sido la declaración de guerra. Cuando mamá se entere seguramente me castigará. Necesito un plan de largo plazo, algo que no me incrimine. Y entonces me llegó la idea como en una revelación divina: ¡Los chocolates! Voy hasta su clóset, busco entre sus zapatos y saco unos cuantos billetes del escondite.