viernes, 6 de septiembre de 2013

Espiral interminable

Era un viaje asombroso. No es fácil describir las cosas que experimentas cuando ingieres más de 3 gramos de hongos alucinógenos, mi cuerpo y mi mente se habían separado de tal manera que la realidad era totalmente diferente a cualquier cosa que conociera o hubiera vivido antes. Los objetos cobraban vida y parecían estar hechos de materiales que se expandían con colores vibrantes y llamativos.
Estos viajes suelen relajarme y ponerme alegre, pero esta vez los objetos a mi alrededor empezaron a llenar mi cabeza con ideas y conceptos nuevos que se agrupaban uno tras otro como en una competencia y yo los repetía en voz alta como cotorra.
Las cosas se empezaron a complicar cuando mis pensamientos derivaron en ideas más profundas sobre quien soy y qué hago aquí. Cuestioné mi propia moral, mi promiscuidad y de paso mi personalidad manipuladora que siempre consigue que la gente haga lo que yo quiero. Conté mis más terribles secretos. Cosas que nadie debería saber de mí. El viaje maravilloso empezaba a ponerse oscuro y triste.
Cuestioné el significado de la vida en general e inevitablemente llegué a la conclusión de que la vida no tiene sentido y que los seres humanos no aportamos valor a la armonía del universo y por eso somos prácticamente nada. En una espiral interminable empecé a repetir las mismas preguntas una y otra vez con críticas a mí misma por no vivir una vida más feliz, haciendo las cosas que me gustan y dejando que los demás vivieran su vida como quisieran.
Mi amiga, que estaba sobria, tuvo la inteligencia suficiente para escucharme sin contradecirme, darme de beber mucha agua y esperar a que pasara el efecto de la droga.