domingo, 15 de septiembre de 2013

Después del rave

Saliendo de la estación del metro todavía tenemos que caminar varias cuadras para llegar a la casa de Juan. Vamos a buen ritmo a pesar de la lluvia. Cuando llegamos al parque se sienta en la banqueta y dice que no puede más. Se siente mal. Normalmente soy yo la que se queja, pero esta vez, además de la hierba se metió una tacha y tomó ron con coca cola. Hace mucho frío.

Con las manos dentro del abrigo le digo que es tarde y debemos continuar. No quiere. Dice que lo deje ahí. Se siente mareado. Empieza a vomitar. Ok... ok... dejalo salir, después te sentirás mejor. Cuando termina se tumba en el suelo, sobre su propio vomito y no se mueve. Es un asco. Intento levantarlo pero pesa mucho y no reacciona. Lloro, le hablo y le pido que se levante. Empieza a roncar. La lluvia arrecia. A la mierda con esto. Yo me voy de aquí.

Camino unos quince minutos hasta llegar a su casa. Vive en una pequeña construcción de techo de lámina, con dos habitaciones, un baño y una cocina tan chica que parece de juguete. Golpeo la puerta una y otra vez hasta que el hermano de Juan se despierta y pregunta quién es. Le digo que soy yo para que abra la puerta. ¿Y Juan? Se ha quedado con una chica. ¿Puedo dormir aquí? Cierra la puerta y empieza la rutina de cuando estamos solos. Quiere a meterme mano. Me defiendo con fuerza y le digo que si no me deja en paz lo acusaré con su hermano. Me mira desafiante y se va. Siempre es lo mismo con él.

Voy a la habitación de Juan. Me tiro en la cama sin quitarme la ropa mojada. Estoy exhausta. El frío me ha calado hasta los huesos. Intento dormir pero la virgen sonriente en la pared, el frío y la imagen de Juan tirado en la banqueta me obligan a levantarme. Regreso con una botella de agua hasta el parque donde se quedó tirado. Lo encuentro tal y como lo dejé. A las mil logro despertarlo. Bebe el agua como si fuera un náufrago de días. Quiere saber donde estamos. Le explico la situación y con gran esfuerzo lo llevo hasta la casa.

Nadamás entrar se tira en su cama y se queda dormido. Ronca como trailer bajando la velocidad. Se acomodó con el cuerpo cruzado en el colchón. Intento hacerme espacio pero apenas consigo moverlo unos cuantos centimetros. Huele a sudor y vomito. Intento quitarle la ropa pero no reacciona. La virgen en la pared sonríe divertida. Considero mis opciones. El piso está helado. Demonios. Voy a la habitación de su hermano. Cuando entro levanta la cabeza de la almohada y me mira sorprendido. Lo pienso dos segundos más. Cierro la puerta para que no haya luz. Me quito la ropa húmeda y me meto a la cama con él.