sábado, 14 de septiembre de 2013

Debería declararme lesbiana

El flaco de la fiesta me pregunta si quiero acompañarlo a conseguir más tequila y la verdad es que sí quiero. Va a buscar las llaves de su auto y avisa a los demás que vamos a salir. Me doy cuenta que hace un guiño de complicidad a uno de sus amigos. Bah. Que piensen lo que quieran.

Cuando llegamos hasta su auto me toma por la cintura haciéndome girar, me empuja contra la pared y me da un beso seco y rápido en los labios, como para ver mi reacción. Me siento como en una película y pienso que seguramente la protagonista estaría dispuesta a la aventura, así que yo por que no. Le devuelvo el beso y empieza a besarme con pasión. O bueno, a llenarme de saliva toda la cara. Abre y cierra la boca una y otra vez, como un pez desesperado que intenta respirar. Es asqueroso.

Me quedo quieta, con el ceño fruncido y cara de qué demonios haces pero él no se da por enterado. Me agarra muy fuerte las nalgas y levanta la falda hasta la cintura. Intento bajarla pero él insiste y entramos en un sube y baja que bien podría durar toda la noche. Deja de lamerme la cara un momento para decir con vocecita infantil Quiero hacerte el amor. Suelto la carcajada porque además de ser pésimo besador me parece ridículo que hable de sexo con voz de niño.

- ¿No íbamos a comprar tequila?
- Sí, sí. Después vamos por el tequila. Ahora quiero cogerte. ¿No ves que me tienes loco?
- Ya estabas loco desde antes. ¿Y dónde lo vamos a hacer? ¿Aquí en la calle?
- No. En la calle no. En mi auto.
- Hmm... ¿Tienes condones?
- ¡Sí!

No sé si es por todo el alcohol que he tomado o porque soy muy caliente pero me parece que no es mala idea. Hace mucho tiempo que no tengo sexo y la soledad en esta ciudad me está matando. Además, me imagino esos lengüetazos en la raja y creo que será algo maravilloso.

Entramos al asiento trasero del auto y sin perder tiempo se monta sobre mi. Me lame la cara otros cinco minutos. Maldición. Abro el escote de la blusa para dejar mis senos al aire esperando que baje a jugar con ellos pero apenas los voltea a ver. No aguanto más. Le pido que me bese la raja. Me mira con sonrisa picara. Baja lentamente y cuando llega a mi cintura me da dos besos rápidos en el pubis. Después se levanta, se baja el pantalón y empieza a ponerse el condón. Le pregunto qué pasa y dice que él no es de los que chupan la raja. ¡Pero qué demonios!

Se monta de nuevo sobre mí, me penetra y empieza un monólogo con su vocecita infantil. Desde qué te vi supe que serías mía. Los extraterrestres no me lo van a creer. Tus nalgas. Tus piernas. Tu manera de moverte. Tu piel morena. Si te encuentran te llevan con ellos. ¿Eso te gustaría? ¿Irte con ellos? Seguro que sí...

Mientras tanto yo, ahí abajo, no siento nada. Bueno sí siento algo: Incomodidad. Tengo el cuello chueco, las piernas en el techo del auto y todo su peso sobre mí. Además tengo rabia porque deseaba sentir su lengua en la raja. Habla de extraterrestres pero no es más que un hombre de la edad de piedra. Al menos hubiera dejado que yo se la chupara. ¡Demonios! En estos momentos es cuando pienso que sería mejor declararme completamente lesbiana.

Cuando por fin termina deja caer su cuerpo sobre el mío. Se queda en silencio y yo no sé que decir. Lo empujo pero no se mueve ni dice nada. Después de un par de minutos me libera de su peso y aprovecho para sentarme y arreglarme la ropa. Hace mucho calor dentro del auto y estoy sedienta. ¿Vamos por el tequila? Ahora cambia de opinión. Es tarde y hay alcoholímetros por todas partes. Maldición. ¡Lo prometiste! Lo quiero matar.

Intento salir del auto pero me detiene. Iniciamos un forcejeo que interrumpe la chica de cabello marrón que antes me había dicho que estaba tomando mucho. No sé de donde salió. Tiene la cabeza metida en el auto y pregunta qué pasa. Él dice que estamos jugando y yo digo que yo sólo quería más tequila, pero ahora sólo quiero ir a casa. Estoy muy mareada, pero sobre todo estoy furiosa y si no lo alejan de mí capaz que lo mato.

El chico dice que él me llevará a casa pero ella lo manda a volar, llama a la central de taxis y se ofrece a quedarse conmigo hasta que llegue el auto. ¿Cómo te llamas? -Valeria. ¿Tu? -Yo soy T. Después pregunta que tan lejos vivo y le digo que no sé. Tengo la mente en blanco. ¿En el norte o el sur de la ciudad? Ni idea. Hace un repaso de las delegaciones. ¿Coyoacán? No. ¿Juárez? Hmm… No. ¿Cuauhtémoc? No. ¿En qué calle vives? Hmm… ¡No sé! ¿Algún amigo que venga por ti? Noup.

Está molesta. Lo sé. Lo siento en su voz. Llega el taxi y se sube conmigo. Le da una dirección al chofer y mientras avanza llama por teléfono a alguien y le explica la situación. Me duermo triste apoyando la cabeza en el cristal de la puerta. Cuando llegamos a su casa nos recibe su mamá, la señora T. Es una mujer muy rubia, de ojos claros y sonrisa amable. Nunca antes había conocido a alguien tan elegante y alegre como ella. Mientras me sirve un caldo bien caliente me pregunta cómo es posible que no sepa donde vivo.

El caldo, además de caliente está muy picante. Cómetelo todo. Le caerá bien al estómago. Dos cucharadas y empiezo a hablar como tarabilla. Hablo de mis padres, el castigo, mi llegada al DF, la pensión, la universidad, la Bruja Dos, las patas de pollo, el tipo que me persiguió porque el carrito de compras del supermercado golpeó su auto deportivo, el remordimiento por haber estado leyendo a Saramago en lugar de estudiar para el examen de lenguaje, la minifalda para la fiesta que no era fiesta, el tequila, la soledad, las lamidas en la cara y todos los demás horrores que me pasan últimamente.

Las dos, la chica de cabello marrón y su mamá, ya no están preocupadas por mí, ahora parecen muy divertidas escuchando mi historia y hacen preguntas de esto y de aquello. Siento una chispa de alegría al ver sus rostros iluminados y sonrientes. Como cuando ves por primera vez una película de Disney. En ese momento recuerdo la dirección de la pensión pero me hago la loca. Hacía días que no comía tan rico y estas personas me hacen sentir bien.