jueves, 8 de agosto de 2013

Situaciones ridículas

Algunas veces me esfuerzo mucho por hacerme notar y suelo ponerme nerviosa y terminar en situaciones realmente ridículas y embarazosas.

En el Starbucks

Esa chica que me atendía en el Starbucks era súper linda, delgada y tenía los dientes muy blancos que hacían juego con su piel morena. Me gustaba tomar el café ahí porque era obvio que había mucha de química entre nosotras. Siempre me saludaba por mi nombre y me servía el café sin hacerme esperar en la fila.
Aquella mañana había mucha gente en el lugar y cuando me llevó el café a la mesa quise hacerle algo de plática y le dije: ¿A quién se le ocurrió poner a Ricardo Arjona en el sonido ambiental? Es un asco. El tipo se cree poeta. Dan ganas de meter la cabeza a un horno encendido. ¿No es cierto?
La chica me miró con el ceño fruncido y después de un momento dijo en tono dramático: -Soy de Guatemala. “Quién dijo ayer” es mi disco preferido y Arjona es mi cantante favorito. -Extendió la mano y dijo: Son 25 pesos.

En la playa

Todas mis amigas habían ligado desde el primer día y yo había preferido esperar hasta encontrar a alguien especial. Aquella tarde creí que lo había encontrado tomando el sol en la playa y ya llevábamos unos veinte minutos intercambiando miradas de apareamiento cuando finalmente se acercó hasta donde yo estaba y dijo “Hola”. Iba a responderle el saludo cuando se me atoró la menta que tenía en la boca, la tosí impulsivamente y fue a parar a su estómago junto con una mucosa amarillenta. Fin de la historia.

La chica de la librería

En la librería sólo estábamos aquella chica y yo. Pude notar que ella me inspeccionó de arriba abajo, lo que interpreté como un signo de que yo le gustaba. Dicen que existe un radar para detectar ese tipo de cosas pero yo jamás he podido saber a simple vista quien es lesbiana y quien no, a menos de que tengan actitudes demasiado obvias.
Compramos los libros, salimos al mismo tiempo de la tienda y nos subimos al mismo autobús. Durante el viaje de regreso me dediqué a inspeccionarla de manera discreta. Era muy bonita. Llevaba el cabello muy corto, con peinado de niño, pero la prueba irrefutable fue el arcoíris que tenía en su bolso de mano.
Cuando levanté la vista nuestras miradas se encontraron, ella desvió la mirada por un momento y cuando volvió a verme le sonreí coquetamente. De inmediato se levantó, jaló el cordón para que se detuviera el autobús, salió como si de ello dependiera su vida y me dejó con un sentimiento de haber hecho algo terrible.