miércoles, 7 de agosto de 2013

Pirli

Pirli llegaba cuando menos la esperabas y se instalaba días enteros en el apartamento. Encendía un canuto de mariguana nomás cruzar la puerta y no paraba de fumar y hablar con su voz femenina y su alegría contagiosa hasta que días después se le acababa la cuerda y entonces decidía que era el momento de marcharse. Floramia y yo habíamos descubierto que Pirli era de esas personas que siempre tenía algo que opinar sobre cualquier tema y se esforzaba mucho por decir la última palabra en cada conversación.
En aquella época tenía la costumbre de analizar a las personas que me rodeaban aplicando los mismos razonamientos que habían utilizado los psicólogos conmigo, por eso cuando recién conocí a Pirli pensé que su manía de hablar sin parar ocultaba alguna inseguridad derivada de su homosexualidad, pero luego comprendí que Pirli era tan fácil de descifrar que no te la creías y sospechabas complejos que no existían. Cuando la veías entrar moviendo las caderas con su falda corta, sus piernas largas y sus tacones altos, tenías que dejar de lado cualquier cosa que estuvieras haciendo porque ella te absorbía por completo.
Siempre que llegaba se quejaba del ambiente funerario del apartamento, abría cortinas y ventanas, encendía el estéreo y mientras te contaba el chisme del momento agarraba un trapo o una escoba y se ponía a limpiar aunque estuviera limpio. "Hasta en un mundo feliz tiene que haber alguien que limpie el tiradero." Podías ayudarle o no, ella no te lo pedía ni le importaba, pero verla trabajando en tu propia casa te hacía sentir obligada y buscabas algo que acomodar o limpiar mientras la escuchabas con atención.
Nunca supimos a qué se dedicaba Pirli, dónde vivía o con quién, ella nos trataba como si fuéramos amigas de toda la vida y se daba por descontado que debíamos saberlo. Floramia y yo estábamos seguras de que era puta y cobraba por sexo, pero que era puta cara porque sus historias siempre incluían lugares muy exclusivos y artistas o políticos. También era común que sus relatos terminaran con la moraleja de que “hay muchos más hombres que se acuestan con hombres de lo que ustedes se imaginan.” No me extrañaría que todas esas historias se las inventara, porque en esos días la realidad era relativa a la cantidad de drogas que consumíamos.
Cuando íbamos a los bares hacíamos la rutina de decirle a la gente que Pirli y yo éramos pareja y nos divertíamos viendo las reacciones de los incrédulos cuando nos dábamos besos en la boca para comprobarles que sí éramos amantes. Una vez Floramia y yo intentamos hacerle esa broma a un tipo que nos quería ligar pero nos resultó terriblemente mal. El tipo preguntó quién era la marimacha y yo, abrazando por la cintura a Floramia, le contesté con voz gruesa: ¿Quién crees?, el tipo señaló a Floramia y pude ver cómo desaparecía la sonrisa del rostro de mi amiga. ¿Y yo por qué? ¿Parezco hombre o qué? ¿No puede ser ella la marimacha? El tipo se reía nerviosamente y como no pudo explicar por qué la eligió a ella terminó por levantarse de la mesa. Floramia no quiso volver a jugar a eso conmigo.
Una noche de copas, tachas y demás terminé enrollada con Pirli en la cama de Floramia. Recuerdo que fue muy intenso, pero es todo lo que recuerdo. La última vez que la vi me dijo que me quería mucho en una de sus clásicas despedidas interminables en las que dejábamos la puerta del apartamento abierta para que se ventilara de tanto humo.
Después de un par de meses de no saber nada de ella y ya necesitadas de drogas empezamos a buscarla investigando con quienes la conocían pero todos tenían respuestas diferentes y confusas sobre dónde vivía o cómo localizarla. Pirli llegaba sola, nadie la llamaba.