domingo, 4 de agosto de 2013

Estar en el clóset apesta

Cuando era adolescente perdí a mi mejor amiga porque nos sorprendieron besándonos en el vestidor del colegio. Seguíamos viéndonos en clases, pero nuestra amistad ya no era igual.
Mi hermano mayor hizo un escándalo cuando descubrió unos cuadernos de mi diario y leyó sobre mi interés por las mujeres. Una amiga me contó su historia de terror porque una de sus amigas había salido del clóset y de pequeñas habían hecho pijamadas juntas.
- ¡Pudo haberme tocado! -exclamó con terror.
- ¿Te tocó? -le pregunté.
- No, pero pudo haberlo hecho la maldita.
Prácticamente todas las mujeres heterosexuales que conozco asumen que una lesbiana automáticamente querrá meterse a la cama con ellas. Una de las peores partes de ser gay –hombres y mujeres- es el estereotipo de que todos son depredadores sexuales. Y como éstos hay muchos otros ejemplos de homofobia que suelo escuchar constantemente.
Sé que lo que piense la gente no debería importarme, pero creo que si saliera del clóset muchas personas dejarían de hablarme, como lo hizo mi amiga de la adolescencia, y me quedaría más sola que ahora.
Me gusta pensar que soy diferente. Busco individualidad. Trato de expresar las cosas que pasan por mi mente a través de mis dibujos y mis escritos. El problema es que por mi mente pasan muchas cosas y algunas veces la vida me resulta muy difícil.
Quizá debería quedarme en el clóset toda la vida, aunque sea un lugar triste y solitario.