lunes, 15 de julio de 2013

Mis padres

Soy la menor de tres hijos en una familia totalmente compleja. Hasta hoy no comprendo cómo es que mi padre se enrolló con mi madre. Qué bicho les habrá picado cuando pensaron que podían ser felices juntos. No tienen absolutamente nada en común. Quizá confundieron la amistad con el amor y cometieron el error de casarse. Pero más inexplicable es que después de tantos años siguen juntos.
Mi padre es un ser extraordinario, de carácter noble, cariñoso y tranquilo. Músico de toda la vida, que lo mismo recorre las cantinas con su guitarra que toca en la orquesta nacional. A él le da igual. Lo único que quiere es tocar sus melodías. Fue trotamundos en su juventud y ahora con la edad se ha hecho lector incansable de todo tipo de libros. Siempre tiene historias de aventuras en lugares lejanos con personajes maravillosos. No toma alcohol, nunca ha tomado, pero disfruta desvelarse en noches bohemias. Llora cuando se le mueren los amigos, quizá porque piensa que la muerte se le acerca, y yo lloro con él. Nunca ha hecho mucho dinero, pero tiene tantos y tan buenos amigos que los cuida y valora más que a toda la plata del mundo.
Mi madre, en cambio, es la mujer más amargada del universo. Una mujer profundamente religiosa, empecinada en que la gente viva como ella cree que se debe vivir. No sé de dónde o porqué se siente mujer de alta sociedad, porque a decir verdad su familia tampoco es rica. Ella dice que la falta de dinero es castigo de Dios por los pecados de mi padre. De mi infancia recuerdo a papá haciendo bromas a mamá y a ella la recuerdo hostigando a papá por holgazán y vago.
Tengo dos hermanos mayores, a los que mi madre ha dedicado la vida a mimar y consentir haciéndolos unos perfectos inútiles. Es una mujer muy machista y conservadora. Cree que la mujer debe dedicar su existencia a Dios y a atender a los hombres de su casa y eso lo aplica a la perfección con sus hijos varones, pero no con su marido. A papá no lo atiende como a mis hermanos.
Nunca fui la típica niña, o al menos no fui como eran mis amigas de aquél tiempo. Desde pequeña fui muy apegada a mi padre y busqué alejarme de todas las formas posibles de mi madre. Tuve grandes pleitos con ella cuando me pedía que les sirviera la comida a mis hermanos o que limpiara su habitación. ¡Que lo hagan ellos!
De pequeña creía tener los poderes de Ranma ½ y podía convertirme en niño o niña a placer. Mi madre se molestaba mucho porque yo pasaba el día en la calle jugando pelota con otros niños, trepando árboles o andando sin rumbo fijo en la bicicleta. Algunas veces me encerraba en mi habitación castigada por haber llegado tarde, con algún raspón en las piernas, o con la ropa mojada por haber nadado en el río, pero yo siempre lograba escaparme por la ventana y ella no se enteraba.
Alguna vez me dijo ¡Eres la desgracia de esta familia! Me enfurecí y le contesté con algo que sabía que le dolería: ¡Dios te castigó conmigo por algo muy malo que hiciste!. Me persiguió por toda la casa con un cinto en la mano. Logré encerrarme en mi habitación y no le abrí aunque golpeaba la puerta y me amenazaba con castigos terribles. Estuve castigada dos semanas por eso.
Con mis hermanos siempre discutía y algunas veces me liaba a golpes con ellos. Si papá estaba en casa me defendía y los regañaba por meterse con una niña. Aunque por su trabajo de músico en realidad siempre estaba en la calle. Quizá los mejores momentos de mi infancia hayan sido con él. Me gustaba su compañía porque contaba con paciencia infinita la trama del libro que estaba leyendo, me explicaba las letras de las canciones que le gustaban para que las cantara con él, me contaba alguna anécdota divertida de sus amigos, jugaba conmigo y me hacía reír hasta que me dolía el estómago.
Mi madre no buscaba acercarse a mí. Había mucha rivalidad entre nosotras. Le molestaba a rabiar que mi padre fuera amoroso conmigo y a mí me mataban los celos porque ella solo tenía ojos para sus hijos varones. Cuando andaba de buenas me pedía que me sentara con ella en el patio de la casa y mientras tejíamos me daba consejos sobre cómo debería comportarse una señorita decente, como debería cuidar mi virtud cuando tuviera novio y siempre insistía en que siendo una niña tan bonita debería ser inteligente y buscarme un hombre que tuviera futuro. No cometas el mismo error que yo, casándote con un bueno para nada.
Como mi padre pasaba mucho tiempo fuera y mi madre solo tenía ojos para sus hijos varones yo estaba siempre sola, sin alguien que me acompañara o me enseñara acerca de cosas de la vida. Pero no me quejo. Aprendí sola y aprendí bien. Me hice dura y pronto supe como manipular a la gente para que hicieran las cosas que yo quería. Dicen que las travesuras que hacía eran para llamar la atención de mi madre. No lo creo. Nunca me ha importado mucho lo que ella piense de mí.
Algunas veces me dejaba esperando afuera del colegio. Cuando ya se habían ido todos los demás niños y cerraban las puertas del cole sabía que mi madre ya no llegaría por mí y que era el momento de empezar a caminar de regreso a casa. Tenía 6 años y vivíamos como a una hora del colegio. Lo hacía a propósito. Era su manera de demostrarme que estaba molesta conmigo por algo que había hecho.
Quizá el recuerdo más hermoso de aquellos tiempos es Bartolo, el labrador color miel que me regaló mi padre. Ese perrito es el ser más cariñoso que ha existido en este planeta. Andaba todo el tiempo conmigo y me cuidaba para que nadie me hiciera daño. Era bellísimo y traía todo el tiempo la lengua de fuera. Brincaba de alegría en cuanto me veía llegar del colegio o de clases de ballet y yo jugaba con él y le rogaba a mi madre que lo dejara dormir conmigo porque pensaba que le daría miedo dormir sólito afuera de la casa.