martes, 30 de julio de 2013

Mil lágrimas después

Apenas lo acababa de conocer, era profesor de la universidad y me parecía un señor muy inteligente, guapo y simpático. La atracción de ambos era obvia y sonreíamos con cierto aire de complicidad mientras platicábamos sobre mi muy marcado acento de provincia y el tema de llegar a la capital para estudiar la universidad.
Le hablé de mis temores por encontrarme viviendo en una gran ciudad  y para impresionarlo le mostré el bote de gas pimienta que traía en mi bolso. Le dije que nunca lo había usado y que en caso de un ataque no tendría tiempo de sacarlo, pero mi madre lo había comprado y me había hecho prometerle que siempre lo traería conmigo.
Al poco tiempo empecé a sentir un poco de ardor en los ojos y las lágrimas empezaron a escurrir. ¿Te sientes bien? -preguntó. Fue inevitable, en menos de 30 segundos tenía los ojos inflamados como sapo y rojos como en película de terror.
-¿Te tocaste los ojos después de tocar el gas pimienta?
Tuvo que guiarme hasta el baño de la facultad para lavarme los ojos. Alguien llamó a enfermería y al poco rato llegó un médico con una enfermera a auxiliarme.
Me aplicaron agua y algún otro producto que olía a jabón con un paño de algodón limpio para retirar el químico de la piel, me dijeron que no me frotara los ojos, que permitiera el lagrimeo y finalmente me pusieron gasas impregnadas de agua en los párpados.
No veía nada y por un momento pensé que me quedaría ciega, pero el médico me dijo que pronto estaría bien y eso me tranquilizó. Escuchaba a la gente murmurar cerca de mí y no pasó mucho tiempo antes de que todos en la universidad supieran que yo misma me había echado gas pimienta en los ojos.
Él no se apartó un solo momento de mi lado. Me llevó a mi departamento y se ofreció a cuidarme hasta que me sintiera mejor. Por la noche, después de hacer el amor, me dijo en broma que en lugar de preocuparme por la delincuencia de la ciudad debería aprender a cuidarme de mí misma.
Ese día iniciamos una relación sin presiones ni compromisos. No nos íbamos a enamorar, sólo nos íbamos a divertir. Así nos lo prometimos. En realidad no supimos entender la señal que nos mandó el destino. Lo que empezó con dolor y lágrimas derramadas no podía terminar bien.