viernes, 12 de julio de 2013

La otra Valeria está loca

Me parece que todos, de alguna manera, tenemos una doble vida: En mi caso soy dos mujeres. O una mujer con doble personalidad. Por lo que les he contado quizá crean que me conocen, pero en realidad solo he mostrado una parte de mí. La otra Valeria casi no se asoma porque está loca. Es reservada, tímida, aburrida, sufre ataques de pánico y se cree víctima de todo. Esas dos personas que soy viven en mí y aprendieron a convivir y a respetar sus espacios sin estorbarse ni hacerse daño.

Y sí, estoy loca. Créanme. Tengo algunas manías. Por ejemplo, cuando estoy harta de todo, salgo a caminar por horas y cuento historias de mi vida, como si las estuviera contando a alguien más.  Cuando viajo en autobús leo los letreros de los comercios en voz alta y la gente me ve raro. Si hago pipí antes de dormir no tiro de la cadena porque creo que me traerá mala suerte.

Me obsesionan por igual la vida y la muerte. Me doy cuenta que la mayoría de la gente pasa la vida sin tener idea de lo que hace o para qué lo hace, sólo viven y pretenden que todo está bien o todo está mal. Como esos que se autocondicionan la felicidad: "Cuando tenga dinero, cuando sea mayor, cuando alguien me quiera, cuando tenga el valor, cuando deje el alcohol, cuando baje de peso, cuando consiga ese trabajo... cuando muera descansaré.".

Para mí cada día que amanece es como lanzar una moneda al aire. Lo que hoy me entusiasma puede que mañana lo deteste. Me dicen más los gestos de la gente cuando habla que las palabras que dicen. Casi siempre sonrío y asiento con la cabeza cuando alguien me habla, pero en realidad nunca les entiendo. Fantaseo con casi todos los que conozco y me enamoro si alguien me sonríe. Además tengo mis propias ideas y teorías sobre el sentido de la vida y he llegado a la conclusión de que me volví loca porque de niña comía hormigas.

A veces, cuando conozco gente nueva, trato de imaginar, por su manera de ser y su carácter, que tienen un lado oscuro y a todos les invento una vida alterna, donde son exactamente opuestos a lo que muestran en público. Los más débiles son los más fuertes, las más inocentes, son las más putas, los betas son alfas y así.

También me gusta inventar otras versiones de mí. Versiones mejoradas, por supuesto. Valeria, la abogada famosa. La atleta que gana todas las medallas. La millonaria que ayuda a los más pobres. La científica que cura el cáncer. La periodista que descubre el fraude. Todos me quieren y me admiran. Es patético. Lo sé. Me consuela pensar que el mundo está lleno de locos como yo, intentando pasar desapercibidos.

Cuando era niña me llevaron a terapia. El primer psicólogo dijo que todo sería confidencial, que no diría nada a mis padres de nuestras sesiones a menos que se tratara de algo muy grave. En ese tiempo yo era menor de edad y tenía un rollo con una mujer casada, ¿Se lo iba decir? Por supuesto que no. Empecé a mentir y a mentir hasta que no tuvo caso. Me sentía como en el confesionario inventando pecados ligeros, un novio imaginario y un amor imposible.

El psicólogo habló con mis padres. Les dijo que yo era la típica adolescente idealista y que mis inquietudes eran propias de una chica de mi edad. Mi madre, que en todo se mete, no se tragó el cuento y sospechó de inmediato. Le dijo que escarbara más, que yo no era tan inocente como parecía. Esa niña oculta algo. El doctor se negó y dijo que yo estaba perfectamente sana y esa actitud no ayudaría en nada a mi desarrollo emocional.

Tiempo después mamá me obligó a ir con una psicóloga. Una señora de unos 40 años, muy seria y de aspecto algo lúgubre que hablaba despacio y mantenía siempre una sonrisa hipócrita. Con ella me divertí haciéndole creer que yo era una ninfómana empedernida y me pasaba toda la sesión hablándole de experiencias sexuales que me inventaba en el momento. Ella insistía en hablar de otros temas pero yo le daba más detalles de lo que supuestamente había hecho. ¡Que risa ver su cara colorada y su bochorno!

Supe que todo se lo contaba a mi madre, porque empezó a vigilarme todo el tiempo. Entraba a mi habitación en los momentos más inoportunos y sin tocar la puerta. Me obligaba a ir a la iglesia y a rezar por las noches. Me compraba ropa infantil y me buscaba novio entre los chicos que iban a su clase de catecismo.

Un psiquiatra me recetó unos calmantes que me tenían todo el día idiota e incapaz para llevar una vida normal. Las pastillas las regalé a Juan, un amigo que siempre andaba metido en chismes de drogas. En fin, no necesité que me ajustaran las tuercas del coco hasta el asunto de T.