viernes, 19 de julio de 2013

Carlos Salinas

Mientras él se pone el condón yo me subo al viejo diván Luis XV que alguna vez fue parte de la decoración del antro. Me pongo en cuatro con las piernas muy abiertas, la falda en la cintura y las nalgas al aire. Estoy alerta por si alguien entra a la bodega. Al otro lado el bar está a reventar y la música a todo volumen. La puerta retumba como si se fuera a abrir en cualquier momento. La adrenalina está a mil.

-A todo esto… ¿Cómo te llamas?
-Carlos ¿Tú?
-Val… bueno, Valeria. ¿Carlos qué?
-Salinas.
-¿Salinas? ¿Carlos Salinas? ¿Cómo el presidente?
-Sí. Pero nada que ver.

Esta noche hubiera aceptado cualquier depravación que me propusieran, pero ni en fantasías ácidas me preparé para coger con Salinas.

Se coloca en mi trasero y recibo la primera estocada de su soldado en mi vagina. Duele, pero duele rico. El expresidente Salinas sonríe satisfecho en mi cabeza. Considero salir corriendo de ahí pero sé que estoy exagerando. El que está conmigo es joven atractivo y no tiene nada que ver con el Carlos Salinas que nos jodió la vida a todos los mexicanos. Quiero concentrarme en el sexo y seguir adelante.

No estoy segura como es para los demás, pero cuando yo tengo sexo combino las sensaciones físicas del momento con imágenes en mi mente de situaciones eróticas que he vivido o fantaseado y que me llegan como un carrusel de diapositivas. Ninguna de esas imágenes se queda mucho tiempo, las voy eliminando hasta que encuentro una que hace clic con la sensación física y juntas me llevan al clímax.

No sé cuando empecé a utilizar esa técnica, pero me funciona bien, porque si el sexo es aburrido estaría pensando en la ropa que tengo que lavar o preocupada por el destino de Sansa Stark en Canción de Hielo y Fuego.

Intento sacar de mi mente al expresidente y concentrarme en las sensaciones del momento, pero no lo consigo. Mi mente empieza a divagar. No debí preguntar su nombre. Si se hubiera llamado Rafael Guillén otro gallo cantaría. Estaría cogiendo con un guerrillero zapatista. Pero ahora mi mente ya no procesa su hermoso rostro moreno ni su cuerpo esbelto. No. Ahora sólo pienso en la cabeza calva, el bigotito antiguo y la sonrisa perversa del ex presidente. Me penetra y en cada embestida puedo sentir sus ojos lujuriosos disfrutando la visión de su miembro en mi trasero.

Ese enano desgraciado, pedazo de mierda, ha invadido mis pensamientos sexuales. Lo imagino igual que en la foto oficial, con traje oscuro y banda presidencial en el pecho. El hombre gime y se mueve más de prisa. Está llegando al orgasmo. Siento repulsión y mareo. A mi mente llega la imagen del semen del expresidente dentro de mi vagina y siento en el cuerpo la oleada de un orgasmo intenso. Los músculos se contraen y las piernas tiemblan incontrolables. Por un momento pierdo el conocimiento. Demonios. Mi libido actúa de manera misteriosa.