sábado, 13 de julio de 2013

Amores platónicos

El sábado fui a cenar con un amigo. La verdad es que se ha esforzado mucho por estar en mi vida y poco a poco ha ido ganando espacios que pensé imposibles. No es ningún adonis, ni siquiera es guapo, de hecho es gordo y sus facciones son toscas, pero es inteligente y tiene mucho carácter. Es mayor que yo y tiene una personalidad que me hace sentir protegida y segura. Dice que está enamorado de mí y quiere que vivamos juntos. Yo... no sé lo que siento por él.

No estoy enamorada, pero hay algo en él que me atrae. No es su dinero, que tiene y mucho. La verdad es que si no le conociera y lo viera en la calle no me interesaría en lo más mínimo. Además, él no me conoce bien, ni tiene idea de lo loca que puedo ser. Y bueno, también está mi maldita obsesión por no dejar que la gente se acerque mucho a mí para no hacer más daño, porque sé que soy muy inestable. Acabaría detestándole y la única alegría que encontraría sería romperle el corazón.

Reflexionando sobre esto recordé a alguien que fue muy importante para mí. Un tipo que era realmente hermoso, en su físico y en su personalidad. Lo conocí muy poco, hace mucho tiempo, cuando yo era todavía muy pequeñita. Desde que lo vi me impresionó. Era justo como había soñado a mi hombre ideal. Y, en ese caso fui yo la que hice hasta lo imposible por hacerme notar.

Iba a las fiestas donde sabía que estaría él, me hice amiga de sus amigos para estar cerca de él, hablaba de películas y videojuegos que sabía que a él le gustaban, le confesé a su mejor amigo mi enamoramiento haciéndole prometer que no le diría nada a nadie, pero secretamente tenía la esperanza de que se lo dijera a él. Me vestía y actuaba como una persona mayor para que no me viera como una niñita tonta. Leía poemas de amor que me hacían soñar con él y todas las canciones románticas estaban escritas para él.

Un día estábamos todos los chicos reunidos y sin decir agua va me besó y su beso me llevó hasta las nubes. Yo era virgen en ese tiempo y no tenía nada de experiencia con chicos. Nos encerramos en una habitación e hice todo lo posible por hacerlo feliz, pero él era rudo conmigo y no tenía paciencia. Al poco tiempo se aburrió y regresó a la otra habitación a jugar videojuegos con sus amigos. Nunca más mostró interés en mí, siguió con su vida y al poco tiempo supe que se andaba de novio con una mujer de su edad.

En secreto le juré amor eterno, porque en ese tiempo estaba segura de que lo amaría toda la vida. Aunque me casara con otro hombre, mi mente y mi cuerpo estarían siempre dispuestos para cuando él lo quisiera. Pensaba que algún día se daría cuenta de que yo era la mujer indicada para él y regresaría conmigo para siempre. Moriríamos viejitos amándonos como el primer día y alguien haría una película de nuestro romance.

Pasaron algunos años y tuve otras relaciones, aunque en realidad nunca logré comprometerme totalmente porque en mi interior yo estaba segura que el amor de mi vida me buscaría algún día, así que intentaba no hacer lazos con nadie, ni involucrarme demasiado. Con el tiempo dejó de ser importante para mí y se convirtió en un recuerdo de adolescencia que no tenía gran significado en mi vida.

Me vine a estudiar la universidad al DF y en algún intersemestral fui de vacaciones a la casa de mis padres. Busqué a mis amigos de siempre y salí con ellos de fiesta. Estábamos platicando de esto y de aquello cuando un tipo se acercó y me saludó con mucha familiaridad. Sonreí y le pregunté de dónde nos conocíamos. ¡Val, soy Antonio!

Madre de Dios. No era nada de lo que yo recordaba. Debo haberlo idealizado tanto que mi mente lo transformó en un ser increíblemente hermoso. Lo que tenía frente a mí eran los vestigios de una hermosa ilusión. El holocausto a mi más grande amor adolescente. Tuvimos que irnos del lugar porque era insoportable. Estaba ebrio, hablaba con vulgaridad y cuando me abrazaba me tocaba el trasero. Además olía a que se había comido un gato y para colmo tuvimos que pagar sus tragos porque cuando pedimos la cuenta se hizo ojo de hormiga.

Luego me contaron que la vida lo había tratado realmente mal. Había heredado la empresa de su padre, se había casado y tenía dos hijas. La empresa quebró, su esposa se fugó con el marido de su hermana, se llevó a las hijas y le quitó hasta el último centavo que le quedaba. Había tratado de rehacer su vida y se volvió a casar, la segunda esposa lo demandó porque no llevaba dinero a casa y había estado varias veces en prisión por fraude al fisco.
Me dio algo de compasión e intenté contactarlo varias veces pero nunca más di con él. Algunas veces pienso que esta historia pudo haber sido diferente si, en su momento, hubiera sabido lo que yo sentía por él. Aunque otras veces pienso que conmigo le pudo haber ido peor.